martes, 28 de enero de 2014

Mito al estilo de Lourdes Ortiz

Puenting, el salto de Penélope
por Isabel Vidal


Salón de aspecto decadente. Sólo se escucha el cantar de los grillos que entra por la ventana abierta. Hace un calor asfixiante. PENÉLOPE, 45 años, atraviesa la estancia cargada con una maleta. En ese momento la luz se enciende. Aparece ULISES, de unos 55 años, envejecido pero atractivo. Ella arranca rápidamente un tapiz de hilo del sofá y oculta la maleta con él.

ULISES.— ¿No puedes dormir? Yo llevo días sin conciliar el sueño. No termino de acostumbrarme al colchón. Suerte que te tengo a mi lado. Tu respiración me alivia. Me hace sentir como en casa... Aún no siendo esta mi casa, la que dejé. ¡Pero qué digo! Mi casa eres tú. Mi casa siempre ha estado donde estás tú.
PENÉLOPE.— Tu casa no podía mantenerse en tu ausencia. Mi sueldo apenas llegaba para pagar la hipoteca. Y tu hijo necesitaba el tratamiento, la escuela, el monitor de estimulación... Este lugar era pequeño, pero perfecto para dos. El barrio no es de lujo, pero tiene lo necesario para sobrevivir.
ULISES.— Pero tú te mereces mucho más. Ahora que estoy yo aquí tendrás lo que te mereces. Por todos estos años. Ven, quiero verte, mírame.
PENÉLOPE.— Casi se me habían olvidado tus ojos. Me cuesta trabajo encontrarlos entre las arrugas que te han poblado la cara.
ULISES.— Cada una de estas arrugas es un lamento por no poder tocarte.
PENÉLOPE.— Como los hilos de este tapiz. Cada hebra es una vez que te he pensado. Cuéntalas.
ULISES.— Sabía que no te darías por vencida. Ven aquí, tenemos que recuperar el tiempo perdido. (La coge por la cintura y la besa.) Aprovechemos el insomnio, mi amor.
PENÉLOPE.— ¿Los has contado?
ULISES.— Son muchos.
PENÉLOPE.— Muchos no es un número. ¿Has contado cuántos hilos tiene este tapiz?
ULISES.— Ni siquiera necesito...
PENÉLOPE.— Cuéntalos. (Pausa.) Tienes razón, son muchos. Muchos más que tus arrugas. Si sólo es eso lo que has ansiado tocarme en veinte años... Preferiría que se te hubiese caído la cara a pedazos. Te preferiría desfigurado, consumido, antes que con cuatro arrugas que me recuerden cómo me ha traicionado mi fe.
ULISES.— Tu fe no te ha traicionado, te ha salvado. Ha sido la esperanza lo que te ha mantenido viva todos estos años. Y ahora la vida te lo ha recompensado. Tu esperanza se ha materializado.
PENÉLOPE.— Igual por eso ha dejado de ser una esperanza. Ya no hay fe. Sólo se puede tener fe en lo que no se ve. Y ahora te veo. Te veo y tu rostro me recuerda que ya no me acuerdo de quién soy.
ULISES.— Te entiendo. Yo también olvido a veces quién soy. Todo este tiempo vagando por esas tierras áridas me ha hecho olvidarme de lo que era lo más importante para mí: tú.
PENÉLOPE.— No seas estúpido. Uno no emplea veinte años en algo que no es importante. Lo más importante para ti son tus guerras. Y te darás cuenta cuando pases aquí un par de semanas más. Te darás cuenta y te volverás a ir.
ULISES.— Jamás volvería. Ya me he torturado una vez, no serán dos. Ahora necesito el calor, pero el calor de casa, no el de la tierra seca contra el cuerpo dolorido.
PENÉLOPE.— El calor de esta casa es asfixiante, nadie necesita eso.
ULISES.— Instalaremos un aparato de aire acondicionado. Pondremos el aire acondicionado y no saldremos de aquí. Que nadie nos moleste, ni nos miren, ni hablen de nosotros en corrillos en el mercado. Nos quedaremos aquí dentro, hasta que nuestro olor, el de los dos, impregne las paredes de esta casa. 
PENÉLOPE.— ¿Y el pan? Porque querrás comer en todo ese tiempo.
ULISES.— Mandaremos a Telémaco.
PENÉLOPE.— ¿Acaso has confundido a tu hijo con un perro? ¿Esperas que te traiga el periódico en el hocico y te deje las zapatillas a los pies?
ULISES.— No te lo tomes así, mujer. Era una forma de hablar. Telémaco querrá salir, está en la edad. No creo que quiera quedarse a mirar cómo sus viejos reconquistan el dormitorio.
PENÉLOPE.— ¿A qué edad te refieres?
ULISES.— Veintiuno, debe tener.
PENÉLOPE.— Pero vivirá toda su vida como si aún tuviera diez. Vestirá corbata y seguirá usando babero.
ULISES.— Le buscaremos los mejores médicos.
PENÉLOPE.— No necesita médicos, no está enfermo.
ULISES.— Está enfermo.
PENÉLOPE.— Si estuviera enfermo significaría que podría curarse. Tu hijo no está enfermo. Simplemente, es así. Y siempre será así. Un anciano de diez años. No necesita médicos, necesita compañía.
ULISES.— Y se la daremos. Ahora que estoy aquí otra vez, podrás dejar el trabajo para estar con él. Yo me encargaré del dinero, no tendrás que preocuparte más por eso. Ahora tendrás tiempo para ti. Y para nosotros. Podrás pasear, salir a bailar, ir de compras... 
PENÉLOPE.— No puedo ir a comprar, porque ya no sé cómo me gusta vestirme. Me he olvidado. Un día he despertado y me he dado cuenta de que he olvidado mi nombre de pila. Ni siquiera recuerdo si me gustaba bailar. ¿Y pasear? A lo mejor me cansa pasear. O quizás podría estar todo el día caminando. ¿Quién sabe?
ULISES.— No seas tan dura contigo.
PENÉLOPE.— No estoy siendo dura conmigo. Sino contigo. Por no irte de mi cabeza.
ULISES.— Tú tampoco te fuiste de la mía.
PENÉLOPE.— Pero, sin embargo, no le perdiste la pista a lo que querías. Estabas haciendo exactamente lo que te gustaba.
ULISES.— No tienes derecho. Estaba trabajando y no creas que ha sido un campo de rosas.
PENÉLOPE.— No, lo sé. Era un campo de minas. Pero era justo lo que querías.  Podrías haber sido columnista o escribir sobre famosos, pero elegiste marcharte. Elegiste. Yo no elegí quedarme. Me tuve que quedar, punto, fin de la historia.
ULISES.— Era mi trabajo y eso ya lo sabías cuando me conociste. Lo acepté porque era la manera de poder volver con el dinero necesario para nuestra nueva vida. Telémaco no iba a alimentarse del aire. Yo tampoco elegí quedarme tanto tiempo. Me hicieron prisionero. Es injusto que me culpes por eso. Durante todo el tiempo que estuve esclavizado ni siquiera te pedí que me fueras fiel. Me acordaba de ti a cada momento, pero nunca te obligué a recompensarme. 
PENÉLOPE.— Tienes razón, fui yo la que me hice prisionera. Porque creía que era lo que se suponía que tenía que hacer. Tenerte en casa, aunque no estuvieras. Que tu hijo supiera quién era su padre. Que yo misma supiera de quién era mujer.
ULISES.— Nena, estás delirando, estás cansada. Vamos a la cama.
PENÉLOPE.— No. No voy a ir a la cama. Me duele el roce de esas sábanas. No quiero volver a perder la memoria, Ulises. Me voy.
ULISES.— Tratemos de recuperarla, la memoria. Tratemos de recobrar el tiempo perdido.
PENÉLOPE.— El tiempo no se puede recuperar. Se ha ido. Todo lo que podemos hacer es intentar no perderlo otra vez. Quiero saber si sé bailar.
ULISES.— Pues baila conmigo. (Intenta abrazarla.) Ven aquí.
PENÉLOPE.— No. (Apartándose.) Voy a hacer que me pises. Meteré mis pies debajo de los tuyos, sin querer. (Destapa la maleta y le lanza el tapiz a Ulises.) Quédatelo. Lo hice para ti.
ULISES.— No te vayas, Penélope. Te necesito. Tu hijo te necesita.
PENÉLOPE.—No, tu hijo te necesita a ti. Sabe mucho de ti, quizás tú quieras saber un poco más de él. No le conviene cambiar de casa, lo desequilibraría. Este es su hogar, es pequeño pero perfecto para dos. Para tres es asfixiante.
ULISES.— Eso es por el calor. Pondremos aire acondicionado.
PENÉLOPE.— No me gusta el aire acondicionado. Y quiero saber todo lo demás que no me gusta.

Portazo. En un nivel superior del decorado hay dos amas de casa, ESPERANZA y EVA viendo la televisión. Una de ellas pulsa el botón del mando a distancia. ULISES se paraliza.

ESPERANZA.— Pues el que no le gusta es Ulises, no el aire acondicionado.
EVA.— Ya, ¿pero y qué más?
ESPERANZA.— Pues hija, ella sabrá.
EVA.— No sabe, ha dicho.
ESPERANZA.— Pues si no lo sabe ella... 
EVA.— Ya lo descubrirá.
ESPERANZA.— ¿Y qué tiene que descubrir?
EVA.— Lo que le gusta y lo que no.
ESPERANZA.— Eso no se descubre, eso se sabe.
EVA.— Hay que probar primero.
ESPERANZA.— ¿Probar el qué?
EVA.— Probar lo que no te gusta, para saber que no te gusta. Por ejemplo, bailar. ¿A ti te gusta bailar?
ESPERANZA.— ¿A mí bailar? ¿Me ves tu cuerpo de bailarina acaso?
EVA. No te gusta.
ESPERANZA.— No.
EVA.— ¿Y cómo sabes que no te gusta?
ESPERANZA.— Pues no sé... porque me cansa.
EVA.— Ya, pero... ¿cómo sabes que te cansa?
ESPERANZA.— Hija, porque bailando se suda mucho. Y yo lo que sea sudar no.
EVA.— Pero has bailado alguna vez.
ESPERANZA.— Uy, que si he bailado, dice. ¡Claro que he bailado! En las fiestas del pueblo, todos los años.
EVA.— Pues ahí lo tienes. No te gusta bailar porque ya lo has probado.
ESPERANZA.— Pero ella no sabe bailar, ¿no la has oído? Que mete los pies por debajo de...
EVA.—Eso es lo que ella dice, pero como no lo ha probado no lo sabe.
ESPERANZA.— ¿Entonces de que se trata? ¿De ir probando cosas para ver si te gusta o no te gusta?
EVA.— Pues, más o menos... sí.
ESPERANZA.— Anda que si tuviera yo que pasarme todo el día probando lo que me gusta o no. Ésta lo que tiene es mucho cuento.
EVA.— Pues eso es lo que vamos a hacer nosotras.
ESPERANZA.— ¿Tener cuento?
EVA.— Probar.
ESPERANZA.— ¿El qué?
EVA.— Pues no sé, mira, algo que no hayamos hecho nunca. A ver piensa, ¿qué te gustaría hacer que nunca te has atrevido?
ESPERANZA.— ¿En serio?
EVA.— En serio, venga, di.
ESPERANZA.— Pues hija... Así en frío, no sé... 
EVA.— A mí me gustaría hacer puenting.
ESPERANZA.— ¿Puenting? ¿Y eso qué es?
EVA.— Ay, Espe, qué antigua estás, de verdad. Puenting, eso que hacen los chavales que se tiran de un puente con una cuerda...
ESPERANZA.— ¿Eso? Pero Eva, ¿tú me has visto a mí cara de loca o qué? Yo eso no lo tengo que probar para saber que no me gusta.
EVA.— Eso no lo vas a saber hasta que no lo hagamos. Venga, levanta el culo de ahí que vamos a buscar... (Inicia el mutis.)
ESPERANZA.— ¡Espera, Eva! ¿Pero a dónde vas? ¿Tú no sabes eso que dicen de la intuición femenina? Pues yo tengo la intuición de que a mí eso no me va a gustar... Que mira que se te va toda la sangre a la cabeza y luego no sabe uno ni donde está... Y mira que si se rompe la cuerda. ¡Eva! ¡Eva! No si al final me vas a hacer levantarme del sofá...

ESPERANZA sale siguiendo a su amiga. Portazo.


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