miércoles, 15 de enero de 2014

Ejercicios Mitos


POR ENCIMA DE TODAS LAS LEYES

YOCASTA – MONÓLOGO

Lola G. Otero

                                          YOCASTA en pie frente a un tribunal de sombras

          - No, no lo sabía. No sabía que era él, ni siquiera cuando vi sus pies heridos, pero el día en que  subió la escalinata de palacio y me miró me vi en sus ojos,  y en sus labios,  y una forma de emoción desconocida subió hasta mi garganta y borró para siempre la culpa y el miedo.  (Pausa)

           ¿Prohibido?
                                                               Se gira hacia el público

           – La sospecha resonaba en mi conciencia, pero algo mucho más fuerte se impuso por derecho: la libertad. Y así me vi depositaria del deseo, condenado por los siglos de los siglos, de todas las mujeres que aceptaron las leyes de los dioses y los hombres.  ¡Todas víctimas! 
            Porque  dónde quedaron guardados los gritos de aquellas que amaron a un objeto prohibido ¿dónde sus gemidos? ¿dónde sus sollozos?  ¿En qué pergaminos se escribieron sus quejas? Pergaminos quemados, borrados por miedo.  (Pausa) Pero hoy la mujer se reescribe y así recupera su cuerpo, regresa a ese cuerpo que le fue confiscado por la historia,  y soy yo la encargada de gritarlo por encima de las leyes, de todas vuestras leyes.

            No podéis juzgarme. ¡Hipócritas!
            Yo no fui la tejedora del ensueño o pesadilla, no di crédito a los dioses, ni a sus burdos sacerdotes ¡No creí la profecía!.  Fue Layo, mi esposo, que arrancó de mi regazo a aquella tierna criatura y la expulsó de nuestras vidas por miedo a perder su poder, su poder y nuestra cama que es poder al fin y al cabo. Yo fui simplemente  una víctima, una madre despojada, y él, Edipo, ese niño que salió de mis entrañas, había de volver aún sin saberlo para cerrar un ciclo y curar aquel dolor de tanto tiempo.

          ¡Cómo no amarle a él, si en él amé su origen y a mí misma! Era un amor único, completo. Y sí callé, callé y no le conté lo que pensaba. Callé y abrí un silencio que pesa con el peso de las leyes; vuestras leyes, no las mías.  Callé por no perder el tiempo breve en que yacíamos los dos, juntas las pieles, las bocas, las manos, juntos del todo, fundidos madre e hijo en un acto de amor inconfesable, pero pleno.   ¡Lo juro y lo sostengo con mi vida!  porque aquellos momentos tan breves, lo fueron de intensa eternidad.
            Ya no creeo en vuestos dioses, sólo creo en el Deseo porque es motor de vida, y hoy, después de tanto tiempo ESTOY RABIOSAMENTE VIVA y orgullosa; ¡yo no me avergüenzo! ¡no me arrepiento! y no voy a suicidarme. Hoy puedo gritar ante los dioses y los hombres – ¡SOY YOCASTA  y ya no os temo! - porque he descubierto verdad en eso que llamáis pecado. ¡Yo no soy a la que adoran los cristianos!  ¡no soy la Madre Virgen!  ¡yo soy  Madre-Mujer y estoy viva, y reclamo mi derecho al placer!. No, no soy una hetaira, no me vendo, yo regalo mi piel al que la eriza con su simple presencia y le muestro el camino a su origen que es origen de todos los hombres.  Yo le abro las ventanas y las puertas de mi casa que es mi alma, y es su casa y es su cuerpo, y es el mío; un solo cuerpo. Soy Madre-Mujer que acoge, protege y nutre. Y gozo al mirarle dormir, en mi lecho, a mi lado, y me detengo en la línea de sus hombros, y mis ojos acarician su perfecta proporción de estatua antigua. Yo le ofrezco estos pechos que siempre fueron suyos ¡que a falta de alimento me beba entera a mí!  con la avidez de un lactante y la pasión de un hombre hecho.

          Sí, me quedan para siempre sus miradas y el peso de su cuerpo habitando mi cintura, su búsqueda de amante, su piel insatisfecha, su fuerza de hombre  joven.

          ¡Creedme! ya  de nada servirán vuestros castigos, las piedras, las hogueras... porque he descubierto amor en eso que llamáis pecado y puedo gritar frente al mundo que aquello no fue un acto impuro. ¡Lo juro por mi vida! Lo juro y lo sostengo ¡Que no fue un acto impuro! ¡Lo  grito sin vergüenza!  ¡Por encima de los dioses y los hombres! ¡por encima de las leyes!  ¡de todas vuestras leyes!.


Electra encadenada

de Silvana Pérez



Cocina/salón de un pequeño apartamento. Clitemnestra prepara café. Son las siete de la mañana. Está todavía en ropa de cama. Entra Electra empujando la silla de ruedas en la que yace Agamenón. Éste está atado a la silla de ruedas, completamente inerte, sus ojos no miran de frente, sino que, como su cabeza están algo inclinados.

Electra. Me tienes que contar todo lo que hiciste en Irak, papi. Cuando puedas, si algún día puedes.

Clitemnestra. ¿Quieres café?

Electra. Sí. (A Agamenón) ¿Quieres café, papá?

Clitemnestra. ¿Te pongo dos tazas, nena?

Electra. Sí, nos pones dos tazas, madre.

Clitemnestra. Toma.

Electra. (A Agamenón) No te preocupes, aún es tu mujer. Puedes hacer con ella lo que quieras.

Clitemnestra. ¡Egisto! ¡Levántate joder, que soy minoría! (A Electra) Te dejo aquí la lista de la compra.

Electra. No sé si podré subir las bolsas yo sola. ¿Me ayudarás tú, papito?

Clitemnestra. Móntatelo como quieras, pero me haces la compra.

Egisto entra en calzoncillos.

Clitemnestra. Buenos días cariño. (Se besan) ¿Todo esto es tuyo?

Egisto. No tendrías que haberme dejado solo en la cama.

Clitemnestra. ¿Te pongo un café?

Egisto. Me pones.

Clitemnestra. Suéltame. (Sirve otra taza de café en la mesa y se sientan los cuatro)

Electra. ¿A qué hora vas a volver?

Egisto. Tarde, como siempre.

Electra. Madre, ¿a qué hora vas a volver?

Clitemnestra. No te metas en lo que no te importa. No importa lo que yo haga. Tú tienes que quedarte en casa, cuidando de tu padre.

Electra. Podría algún día ayudarte en la peluquería. Necesito que me dé un poco el aire.

Clitemnestra. ¿No sales con tu padre? ¿No paseas con él?

Electra. El ascensor está estropeado.

Clitemnestra. El viejo huele. Lávalo cuando nos vayamos. No quiero ver los colgajos de la discordia. ¿En qué momento yo...?

Egisto. Olvídalo nena.

Electra. (A Agamenón) ¿Lo puedes entender? Esa desgraciada. Dándose el lote en tus narices. Y el otro. Pues no es chulo el otro. Dos tortas bien dadas. (Pausa) Tienes un poco de babita aquí. Ya está. Ahora estás estupendo. (Pausa) Yo tampoco la hubiese echado de menos.

Clitemnestra. ¿Qué dices? Te he oído hija de perra. Te he oído. Eres una niña malcriada y consentida por esa patata que tienes por padre.

Electra. Todavía es tu marido.

Electra empuja la silla de ruedas hasta el balcón. Es de noche. Ella se apoya en la barandilla del balcón. Fuma. Agamenón y su silla asoman por el ventanal.

Electra. Me tendrás que perdonar. (Mira a Agamenón)Lo tengo que hacer. (Le pone un cigarro en la boca) Antes te gustaba fumar. Dicen que fumar va bien. Relaja los esfínteres. (Electra da una calada al cigarro y besa a su padre, le mete todo el humo del cigarro) Si me entiendes haz algo, parpadea. (Pausa) Lo tengo que hacer, no me gusta utilizarte. Mira el barrio. No es ya como lo dejaste. (Pausa) Cuando fuiste a Irak todo parecía como si fuese a mejorar. ¿No? Un poco de aire en la casa. (Se sienta en su regazo) Yo sí te eché de menos. (Le besa en la mejilla) Me di cuenta de que no podía vivir sin ti. (Pausa) Mamá en seguida te reemplazó. Por lo que decían en el periódico, que os tirabais a las moras. ¿Es verdad eso? (Da otra calada profunda) A ver abre la boca. (Se la abre y echa todo el humo del cigarro dentro de la boca de Agamenón) ¿A las moras muertas también? ¿No te daba asco? (Pausa) ¿A mi me echaste de menos? (Pausa) Estás tan lejos. Eras un padre guay. Me gustaba hablar de ti a los colegas. Ahora ya ni les veo. (Pausa. Huele a Agamenón) Gracias.

Cocina/Salón. Electra friega los platos. Entra Clitemnestra.

Clitemnestra. Huele a mierda.

Electra. ¿Qué?

Clitemnestra. Es asqueroso, huele a cloaca. (Abre las ventanas y el balcón)

Electra. Serán las cañerías. Pero yo no huelo nada. Quizás ese olor misterioso viene de la calle. (Se asoma al balcón) ¡Orestes!

Clitemnestra. Dios mío, qué asco voy a vomitar. ¿No se habrá podrido algo por aquí?

Electra. Está casa está siempre limpia. Me encargo yo. (Mirando hacia la calle, desde el exterior del balcón) Ahí estás... ¡Mira hacia arriba! Mira... Mírame.

Clitemnestra. Electra coño, entra.

Electra. Voy.

Clitemnestra. Es tu padre. Se ha cagado.

Electra. No es posible. Ya cagó esta mañana. Como todos los días, a la misma hora. Por eso le dejamos atado en el trono, para no tener que limpiarlo después.

Clitemnestra. ¿Y no lleva pañales?

Electra. ¡Quieres que le ponga pañales al rey de la casa!

Entra Egisto borracho.

Clitemnestra. Cariño, el viejo se lo ha hecho encima.

Egisto. Pensaba que cagaba por un tubo. Límpialo. (Se sienta en el sofá)

Clitemnestra. (A Electra) Límpialo.

Electra. No quiero. Hazlo tú.

Clitemnestra. (Agarrando a Electra por el cuello y acercándola a Agamenón) Es tu padre y le debes una existencia digna. Sois de la misma sangre. Un gran soldado nunca pierde la dignidad, un gran soldado nunca pierde una batalla. Y menos contra si mismo. ¿Hueles?

Electra. No huelo nada.

Clitemnestra. ¿No hueles?

Electra. Huelo a mi padre.

Clitemnestra. Malnacida, te vas a enterar.

Egisto. (A Clitemnestra) Hazlo tú. Al fin y al cabo, sigue siendo tu marido. (Pausa) Silencio.

Electra sale de nuevo al balcón y Egisto se duerme con una cerveza fría en la mano.

Electra. Tiene que ser él. ¿Qué hace? (Pausa) Fuma. Sí, es él. El único rubio de la casa. ¿No me miras? Hermano. A ti también te he echado de menos. Mis hombres. (Silba) No me oye.

Electra silba de nuevo y Orestes se gira la mira, vuelve la cabeza y sigue fumando. Electra silba otra vez.

Orestes. ¿Qué quieres?

Electra. ¿Qué haces aquí?

Orestes. ¿Quién eres?

Electra. Pensé que no volvería a verte.

Orestes. Perdona pero no te conozco. (Inicia la salida)

Electra. Espera. ¿No me reconoces?

Orestes. Baja y deja que te mire de cerca.

Electra. No puedo salir de aquí. Te estaba esperando para que me ayudases, Orestes.

Orestes. ¿Cómo sabes mi nombre?

Electra. Hemos jugado juntos tantas veces. Yo tampoco me acordaría de ti, si no esperase verte en este barrio.

Orestes. ¿Esperabas verme tú a mi?

Electra. (Canta) Estaba la rana sentada cantando debajo del agua. Cuando la rana se puso a cantar vino la mosca y la hizo callar.

Orestes. (Canta con ella) ... Vino la mosca y la hizo callar. (Pausa) Electra. Tan mayor estás.

Electra. ¿Te acuerdas ahora? ¿Qué haces en este barrio?

Orestes. Me dijeron que fue en esta plaza donde papá tuvo el accidente. ¿Cómo estás?

Electra. Me tienen encerrada. La bruja que tienes por madre me obliga a cuidar de nuestro padre.

Orestes. ¿No habla?

Electra. No. Creo que ni piensa.

Orestes. ¿Se mueve?

Electra. Solo se mueve con mis manos.

Orestes. Tendría que haber vuelto antes.

Electra. La fresca esa me martiriza todos los días. Me tiene de chacha todo el día en casa, no me deja trabajar en la peluquería. Las clientas me echan de menos, preguntan por mí.

Orestes. Podrías haberte ido.

Electra. Ella tiene la custodia de papá. Para la herencia. No lo puede abandonar.

Orestes. No he podido volver antes.

Electra. Y su hombre no respeta la presencia de nuestro padre. La magrea delante de los dos. Y ella, ella, ella es tan puta que no le importa. Me gustaría tener la fuerza en mis manos para estrangularles.

Orestes. Me duele en el pecho. (Pausa) Tengo la pistola.

Electra. Sube.

Electra entra y va hacia el telefonillo. Abajo, Orestes entra por el portal. Oscuro.





LAS ALAS DEL INCONSCIENTE
(Adaptación del mito de Ícaro a nuestros días)

por Luciano Muriel

Consulta de DÉDALO. Vemos a ÍCARO, un joven de unos treinta años, merodeando por la sala; admirando los diferentes diplomas de su padre. Echa un vistazo a su extensa biblioteca. Escoge varios libros y los va hojeando. En ese momento entra Dédalo, sorprendiéndolo.

DÉDALO: ¿Ya estás robándome los libros como cuando eras niño?

Ícaro cierra el libro y lo sonríe.

 ÍCARO: Escritos esenciales, de Milton Erickson...

DÉDALO: ¿Lo has leído?

Silencio.

DÉDALO: No sé ni para qué pregunto.

ÍCARO: ¿No tienes pacientes esta mañana?

DÉDALO: Tengo el día bastante tranquilo. Por eso te dije que vinieses hoy.

ÍCARO: La crisis afecta hasta a los hipnoterapeutas, ¿eh?

DÉDALO: Al contrario. La gente se está dando cuenta de que lo viejo está dejando de funcionar. Es el momento de probar cosas nuevas.

ÍCARO: Tienes razón. la gente está deseando experimentar. Será por eso por lo que vienen.

DÉDALO: Experimentan contigo. Conmigo aprenden.

ÍCARO: No vamos a empezar otra vez, ¿vale?

DÉDALO: Disculpa, hijo. Tengo la manía de repetirlo todo varias veces. Deformación profesional, tú lo sabes bien.

ÍCARO: Conmigo no es necesario.

DÉDALO: Bueno, cuéntame, ¿a qué viene tanto interés en verme?

ÍCARO: Quería invitarte a mi nuevo espectáculo. Toma.

Ícaro saca dos entradas y dos folletos de su bolsillo y se los entrega.

ÍCARO: Estamos los fines de semana en La chocita del loro, en Carabanchel.

DÉDALO: (Leyendo) Purple Rain, un viaje por el subconsciente. Parece el nombre de una droga. Claro, que tampoco es tan diferente…

ÍCARO: (Ocultando su ofensa) Te doy dos entradas, para que vayas con quieras. Con algún compañero o… por si te has echado una novia o algo.

DÉDALO: Si puedo ir iré solo. ¿Ha ido Ariadna ya a verte?

ÍCARO: Sí, y le encanta el show.

DÉDALO: Los misterios del amor. ¿Hasta cuándo estás en ese sitio actuando?

ÍCARO: Hasta finales de este mes.

DÉDALO: Tendré que darme prisa entonces. ¿Y en qué consiste el espectáculo?

ÍCARO: Bueno, es un espectáculo de interacción con el público que…

DÉDALO: No me digas.

ÍCARO: ¿Quieres que te lo cuente o no?

DÉDALO: Sí, sí. Perdona. Dime.

ÍCARO: Hay una parte conjunta en la que hipnotizo a todo el público para que viva nuevas aventuras, conozca nuevos lugares, saboree nuevos y viejos sabores…  Todo experiencias positivas. Es lo que la gente quiere. Y después voy sacando a algunos espectadores para que revivan recuerdos felices. Suele dar muy buen resultado.

DÉDALO: Me alegra saber que no les haces creer que son una gallina.

ÍCARO: Te recuerdo que eras tú el que todas las nocheviejas hipnotizabas a algún familiar para que se comiese una cebolla pensando que era una manzana.

DÉDALO: Provenimos de una familia muy sugestionable, qué se le va a hacer. ¿Y te da de comer esto?

ÍCARO: Bueno… Además trabajo de camarero en el bar donde actúo. Pero no me quejo.

DÉDALO: Ay, Ícaro…

ÍCARO: En realidad quería que me ayudases con mi próximo proyecto.  Me gustaría emprender en algo completamente innovador.

DÉDALO: Ardo en deseos de conocer qué es.

ÍCARO: Sería para animación en locales nocturnos.

DÉDALO: ¿Vas a practicar la hipnosis en puticlubs?

ÍCARO: No, papá, en discotecas. Es una iniciativa muy heroica: la melopea ecológica. Últimamente he practicado con algunos colegas y he conseguido emborracharlos mediante la Hipnosis Rápida.

DÉDALO: ¿Qué método has usado?

ÍCARO: La sugestión sensorial, sin embargo la sensación puede ser muy parecida a la de una buena cogorza.

DÉDALO: Así, a priori, no suena muy creíble. ¿No les brindas ningún sustitutivo del alcohol para engañar al cerebro?

ÍCARO: Al principio les daba chupitos  de agua y les hacía creer que era tequila, pero ahora ni eso hace falta. Y créeme que funciona.

DÉDALO: No les durará mucho tiempo.

ÍCARO: El record está tres horas.

Silencio.

ÍCARO: No me crees, ¿no?

DÉDALO: Pues no mucho, Ícaro.

ÍCARO: Déjame probarlo contigo entonces.

DÉDALO: Ni hablar.

ÍCARO: ¿Por qué? Venga, cierra los ojos e imagina tu brazo atado a cincuenta globos de helio.

DÉDALO: Te quedaste en esos estúpidos juegos y no conseguiste salir de ahí.

ÍCARO: Esos estúpidos juegos funcionan, papá, y son los que me están dando de comer.

DÉDALO: El aperitivo. Porque el primero, el segundo y el postre quieres que te los pague yo.

ÍCARO: Pensé que te parecería una buena idea. Así los chavales no beberían tanto.

DÉDALO: Ícaro, la hipnosis no está para engañar a la gente. Está para curarla.

ÍCARO: ¿Ya me vas a volver a soltar otra vez el rollo?

DÉDALO: ¿Y de qué iba a servir? (Pausa) Ahora mismo podrías estar en un despacho como este, ayudando a personas a superar traumas y fobias, y no a emborracharlas o a pensar que son más felices de lo que de verdad son.

ÍCARO: ¿Qué tendrá de malo que la gente quiera divertirse?

DÉDALO: La hipnoterapia no es un juego.

ÍCARO: Ah, que ahora es hipnoterapia.  Ya te estás poniendo como cuando era un niño.

DÉDALO: Es que no me pasé tantos años de mi vida enseñándote los secretos del subconsciente para que terminases en un bar de mala muerte chasqueando los dedos delante de cuatro desgraciados.

ÍCARO: Al menos me interesé por lo que me enseñabas.

DÉDALO: Casi hubiese preferido que no lo hicieras.

Silencio.

ÍCARO: Está bien. Ya veo que ha sido una mala idea pedirte nada. Cuando cuente tres lo habrás olvidado todo. Uno, dos y…

DÉDALO: Yo ya no puedo ofrecerte nada, Ícaro. Te entregué todo lo que sabía y poseía y tú lo has aprovechado como te ha dado la gana. Además, no creo que necesites mucho dinero para financiar eso de las pseudo-borracheras. Otra cosa no, pero este es un negocio barato.

Silencio.

ÍCARO: Ariadna está embarazada.

Silencio.

DÉDALO: ¿Lo dices en serio?

ÍCARO: Sí, papá. Y esto no se soluciona con una palmada.

DÉDALO: ¿Pero Ariadna no estaba en paro?

Ícaro asiente.

DÉDALO: ¿Y cómo vais a salir adelante, inconscientes?

ÍCARO: Pues trabajando, papá. Como lo he hecho siempre.

DÉDALO: ¿De farandulero? Vamos a hablar en serio, por favor. Hay un niño que depende de tus locuras.

ÍCARO: No son locuras.

DÉDALO: Ícaro, vamos a hacer una cosa. Trabaja conmigo en la consulta como ayudante. Aprenderás rápido. Tienes mucho talento. Ganarás mucho dinero y…

ÍCARO: Que no, papá, que esto no me gusta. Las clínicas me dan muy mal rollo.

DÉDALO: ¿No ves que no tienes opción?

ÍCARO: Por supuesto que la tengo.

DÉDALO: No voy a permitir que a mi nieto le falte nada. ¡Madura, Ícaro!

ÍCARO: No, papá, no voy a trabajar contigo. Si quieres prestarme el dinero para mi proyecto, bien. Si no, me buscaré la vida.

DÉDALO: ¡Pues muy bien! Prueba otra de estas tonterías. Esta vez será la última. Sí, la última. Ya volverás. Pero yo no te pienso prestar un solo céntimo para que te lo gastes en eso.

ÍCARO: Entonces olvídate de conocer a tu nieto.

DÉDALO: ¿Me estás chantajeando?

ÍCARO: También esto me lo has enseñado tú. Me has dado alas pero no me has dejado volar a mis anchas. Yo hace tiempo que decidí huir de tu nido.

DÉDALO: Pues vuela, vuela alto. Ya te estrellarás y me pedirás ayuda.

ÍCARO: Ese error no lo voy a volver a cometer. (Yéndose) Me voy, papá. ¿Ves cómo me alejo? ¿Lo ves? Cuánto más me miras más lejos me sientes, exacto. Casi ya no puedes ni verme. No, no puedes ni verme. Estoy desapareciendo. Desapareceré a la de tres. Sí, a la de tres. Uno, dos y…

Ícaro se va.

DÉDALO: … Sueño. (Pausa) Sueño profundo.








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