POR ENCIMA
DE TODAS LAS LEYES
YOCASTA –
MONÓLOGO
Lola G.
Otero
- No, no lo sabía. No sabía que era él, ni
siquiera cuando vi sus pies heridos, pero el día en que subió la escalinata
de palacio y me miró me vi en sus ojos, y en sus labios, y una forma de emoción
desconocida subió hasta mi garganta y borró para siempre la culpa y el miedo. (Pausa)
¿Prohibido?
Se gira hacia el público
– La sospecha resonaba en mi
conciencia, pero algo mucho más fuerte se impuso por derecho: la libertad. Y
así me vi depositaria del deseo, condenado por los siglos de los siglos, de
todas las mujeres que aceptaron las leyes de los dioses y los hombres. ¡Todas víctimas!
Porque dónde quedaron guardados los gritos de
aquellas que amaron a un objeto prohibido ¿dónde sus gemidos? ¿dónde sus
sollozos? ¿En qué
pergaminos se escribieron sus quejas? Pergaminos quemados, borrados por miedo.
(Pausa) Pero hoy la mujer se reescribe y así recupera su cuerpo, regresa a ese cuerpo
que le fue confiscado por la historia, y soy yo la encargada de gritarlo por
encima de las leyes, de todas vuestras leyes.
No podéis juzgarme. ¡Hipócritas!
Yo no fui la tejedora del ensueño o
pesadilla, no di crédito a los dioses, ni a sus burdos sacerdotes ¡No creí la
profecía!. Fue Layo, mi esposo, que
arrancó de mi regazo a aquella tierna criatura y la expulsó de nuestras vidas
por miedo a perder su poder, su poder y nuestra cama que es poder al fin y al
cabo. Yo fui simplemente una víctima,
una madre despojada, y él, Edipo, ese niño que salió de mis entrañas, había de
volver aún sin saberlo para cerrar un ciclo y curar aquel dolor de tanto
tiempo.
¡Cómo no amarle a él, si en él amé su origen
y a mí misma! Era un amor único, completo. Y sí callé, callé y no le conté lo
que pensaba. Callé y
abrí un silencio que pesa con el peso de las leyes; vuestras leyes, no las mías. Callé por no perder el tiempo breve en que
yacíamos los dos, juntas las pieles, las bocas, las manos, juntos del todo,
fundidos madre e hijo en un acto de amor inconfesable, pero pleno. ¡Lo juro y lo
sostengo con mi vida! porque aquellos momentos tan breves, lo fueron de intensa
eternidad.
Ya no creeo en vuestos dioses, sólo creo en el Deseo porque es motor de vida, y hoy, después
de tanto tiempo ESTOY RABIOSAMENTE VIVA y orgullosa; ¡yo no me avergüenzo! ¡no me
arrepiento! y no voy a suicidarme. Hoy puedo gritar ante los dioses y los
hombres – ¡SOY YOCASTA y ya no os temo!
- porque he descubierto verdad en eso que llamáis pecado. ¡Yo no soy a la que adoran
los cristianos! ¡no soy la Madre Virgen! ¡yo soy Madre-Mujer y estoy viva, y reclamo mi derecho
al placer!. No, no soy una hetaira, no me vendo, yo regalo mi piel al que la eriza
con su simple presencia y le muestro el camino a su origen que es origen de
todos los hombres. Yo le abro las ventanas y las puertas de mi casa que es mi
alma, y es su casa y es su cuerpo, y es el mío; un solo cuerpo. Soy Madre-Mujer
que acoge, protege y nutre. Y gozo al mirarle dormir, en mi lecho, a mi lado,
y me detengo en la línea de sus hombros, y mis ojos acarician su
perfecta proporción de estatua antigua. Yo le ofrezco estos pechos que siempre
fueron suyos ¡que a falta de alimento me beba entera a mí! con la avidez de un lactante y la pasión de un
hombre hecho. Sí, me quedan para siempre sus miradas y el peso de su cuerpo habitando mi cintura, su búsqueda de amante, su piel insatisfecha, su fuerza de hombre joven.
¡Creedme! ya de nada servirán vuestros castigos, las piedras, las hogueras... porque he descubierto amor en eso que llamáis pecado y puedo gritar frente al mundo que aquello no fue un acto impuro. ¡Lo juro por mi vida! Lo juro y lo sostengo ¡Que no fue un acto impuro! ¡Lo grito sin vergüenza! ¡Por encima de los dioses y los hombres! ¡por encima de las leyes! ¡de todas vuestras leyes!.
Electra
encadenada
de Silvana Pérez
Cocina/salón de un
pequeño apartamento. Clitemnestra prepara café. Son las siete de la
mañana. Está todavía en ropa de cama. Entra Electra empujando la
silla de ruedas en la que yace Agamenón. Éste está atado a la
silla de ruedas, completamente inerte, sus ojos no miran de frente,
sino que, como su cabeza están algo inclinados.
Electra.
Me tienes que contar todo lo que hiciste en Irak, papi. Cuando
puedas, si algún día puedes.
Clitemnestra. ¿Quieres
café?
Electra. Sí.
(A Agamenón)
¿Quieres café, papá?
Clitemnestra.
¿Te
pongo dos tazas, nena?
Electra.
Sí,
nos pones dos tazas, madre.
Clitemnestra.
Toma.
Electra.
(A Agamenón)
No te preocupes, aún es tu mujer. Puedes hacer con ella lo que
quieras.
Clitemnestra.
¡Egisto!
¡Levántate joder, que soy minoría! (A
Electra)
Te dejo aquí la lista de la compra.
Electra.
No
sé si podré subir las bolsas yo sola. ¿Me ayudarás tú, papito?
Clitemnestra.
Móntatelo
como quieras, pero me haces la compra.
Egisto
entra en calzoncillos.
Clitemnestra.
Buenos días cariño. (Se
besan) ¿Todo esto es
tuyo?
Egisto.
No tendrías que haberme dejado
solo en la cama.
Clitemnestra.
¿Te pongo un café?
Egisto.
Me pones.
Clitemnestra.
Suéltame. (Sirve
otra taza de café en la mesa y se sientan los cuatro)
Electra.
¿A qué hora vas a volver?
Egisto.
Tarde, como siempre.
Electra.
Madre, ¿a qué hora vas a
volver?
Clitemnestra.
No te metas en lo que no te
importa. No importa lo que yo haga. Tú tienes que quedarte en casa,
cuidando de tu padre.
Electra.
Podría algún día ayudarte en la peluquería. Necesito que me dé
un poco el aire.
Clitemnestra.
¿No sales con tu padre? ¿No
paseas con él?
Electra.
El ascensor está estropeado.
Clitemnestra.
El viejo huele. Lávalo cuando
nos vayamos. No quiero ver los colgajos de la discordia. ¿En qué
momento yo...?
Egisto.
Olvídalo
nena.
Electra.
(A Agamenón)
¿Lo puedes entender? Esa desgraciada. Dándose el lote en tus
narices. Y el otro. Pues no es chulo el otro. Dos tortas bien dadas.
(Pausa)
Tienes un poco de babita aquí. Ya está. Ahora estás estupendo.
(Pausa)
Yo tampoco la hubiese echado de menos.
Clitemnestra.
¿Qué
dices? Te he oído hija de perra. Te he oído. Eres una niña
malcriada y consentida por esa patata que tienes por padre.
Electra.
Todavía
es tu marido.
Electra
empuja la silla de ruedas hasta el balcón. Es de noche. Ella se apoya en la
barandilla del balcón. Fuma. Agamenón y su silla asoman por el
ventanal.
Electra.
Me tendrás que perdonar. (Mira
a Agamenón)Lo tengo que
hacer. (Le pone un
cigarro en la boca)
Antes te gustaba fumar. Dicen que fumar va bien. Relaja los
esfínteres. (Electra da
una calada al cigarro y besa a su padre, le mete todo el humo del
cigarro) Si me
entiendes haz algo, parpadea. (Pausa)
Lo tengo que hacer, no me gusta utilizarte. Mira el barrio. No es ya
como lo dejaste. (Pausa)
Cuando fuiste a Irak todo parecía como si fuese a mejorar. ¿No? Un
poco de aire en la casa. (Se
sienta en su regazo) Yo
sí te eché de menos. (Le
besa en la mejilla) Me
di cuenta de que no podía vivir sin ti. (Pausa)
Mamá en seguida te reemplazó. Por lo que decían en el periódico,
que os tirabais a las moras. ¿Es verdad eso? (Da
otra calada profunda) A
ver abre la boca. (Se la
abre y echa todo el humo del cigarro dentro de la boca de Agamenón)
¿A las moras muertas
también? ¿No te daba asco? (Pausa)
¿A mi me echaste de menos? (Pausa)
Estás tan lejos. Eras un padre guay. Me gustaba hablar de ti a los
colegas. Ahora ya ni les veo. (Pausa.
Huele a Agamenón)
Gracias.
Cocina/Salón.
Electra friega los platos. Entra Clitemnestra.
Clitemnestra.
Huele a mierda.
Electra.
¿Qué?
Clitemnestra.
Es asqueroso, huele a cloaca.
(Abre las ventanas y el
balcón)
Electra.
Serán las cañerías. Pero yo
no huelo nada. Quizás ese olor misterioso viene de la calle. (Se
asoma al balcón)
¡Orestes!
Clitemnestra.
Dios mío, qué asco voy a
vomitar. ¿No se habrá podrido algo por aquí?
Electra.
Está casa está siempre
limpia. Me encargo yo. (Mirando
hacia la calle, desde el exterior del balcón)
Ahí estás... ¡Mira hacia arriba! Mira... Mírame.
Clitemnestra.
Electra coño, entra.
Electra.
Voy.
Clitemnestra.
Es tu padre. Se ha cagado.
Electra.
No es posible. Ya cagó esta
mañana. Como todos los días, a la misma hora. Por eso le dejamos
atado en el trono, para no tener que limpiarlo después.
Clitemnestra.
¿Y no lleva pañales?
Electra.
¡Quieres que le ponga pañales
al rey de la casa!
Entra
Egisto borracho.
Clitemnestra.
Cariño, el viejo se lo ha
hecho encima.
Egisto.
Pensaba que cagaba por un tubo.
Límpialo. (Se sienta en
el sofá)
Clitemnestra.
(A Electra)
Límpialo.
Electra.
No quiero. Hazlo tú.
Clitemnestra.
(Agarrando a Electra por el
cuello y acercándola a Agamenón)
Es tu padre y le debes una existencia digna. Sois de la misma sangre. Un gran soldado nunca
pierde la dignidad, un gran soldado nunca pierde una batalla. Y menos
contra si mismo. ¿Hueles?
Electra.
No huelo nada.
Clitemnestra.
¿No hueles?
Electra.
Huelo a mi padre.
Clitemnestra.
Malnacida, te vas a enterar.
Egisto.
(A Clitemnestra)
Hazlo tú. Al fin y al cabo, sigue siendo tu marido. (Pausa)
Silencio.
Electra
sale de nuevo al balcón y Egisto se duerme con una cerveza fría en
la mano.
Electra.
Tiene que ser él. ¿Qué hace?
(Pausa)
Fuma. Sí, es él. El único rubio de la casa. ¿No me miras?
Hermano. A ti también te he echado de menos. Mis hombres. (Silba)
No me oye.
Electra
silba de nuevo y Orestes se gira la mira, vuelve la cabeza y sigue
fumando. Electra silba otra vez.
Orestes.
¿Qué quieres?
Electra.
¿Qué haces aquí?
Orestes.
¿Quién eres?
Electra.
Pensé que no volvería a
verte.
Orestes.
Perdona pero no te conozco.
(Inicia la salida)
Electra.
Espera. ¿No me reconoces?
Orestes.
Baja y deja que te mire de
cerca.
Electra.
No puedo salir de aquí. Te
estaba esperando para que me ayudases, Orestes.
Orestes.
¿Cómo sabes mi nombre?
Electra.
Hemos jugado juntos tantas
veces. Yo tampoco me acordaría de ti, si no esperase verte en este
barrio.
Orestes.
¿Esperabas verme tú a mi?
Electra.
(Canta)
Estaba la rana sentada cantando debajo del agua. Cuando la rana se
puso a cantar vino la mosca y la hizo callar.
Orestes.
(Canta con ella)
... Vino la mosca y la hizo callar. (Pausa)
Electra. Tan mayor estás.
Electra.
¿Te acuerdas ahora? ¿Qué
haces en este barrio?
Orestes.
Me dijeron que fue en esta
plaza donde papá tuvo el accidente. ¿Cómo estás?
Electra.
Me tienen encerrada. La bruja
que tienes por madre me obliga a cuidar de nuestro padre.
Orestes.
¿No habla?
Electra.
No. Creo que ni piensa.
Orestes.
¿Se mueve?
Electra.
Solo se mueve con mis manos.
Orestes.
Tendría que haber vuelto
antes.
Electra.
La fresca esa me martiriza
todos los días. Me tiene de chacha todo el día en casa, no me deja
trabajar en la peluquería. Las clientas me echan de menos, preguntan
por mí.
Orestes.
Podrías haberte ido.
Electra.
Ella tiene la custodia de papá.
Para la herencia. No lo puede abandonar.
Orestes.
No he podido volver antes.
Electra.
Y su hombre no respeta la
presencia de nuestro padre. La magrea delante de los dos. Y ella,
ella, ella es tan puta que no le importa. Me gustaría tener la
fuerza en mis manos para estrangularles.
Orestes.
Me duele en el pecho. (Pausa)
Tengo la pistola.
Electra.
Sube.
Electra
entra y va hacia el telefonillo. Abajo, Orestes entra por el portal. Oscuro.
LAS ALAS DEL INCONSCIENTE
(Adaptación del
mito de Ícaro a nuestros días)
por Luciano Muriel
por Luciano Muriel
Consulta de DÉDALO. Vemos a ÍCARO, un joven
de unos treinta años, merodeando por la sala; admirando los diferentes diplomas
de su padre. Echa un vistazo a su extensa biblioteca. Escoge varios libros y
los va hojeando. En ese momento entra Dédalo, sorprendiéndolo.
DÉDALO:
¿Ya estás robándome los libros como cuando eras niño?
Ícaro cierra el libro y lo sonríe.
ÍCARO: Escritos esenciales, de Milton Erickson...
DÉDALO:
¿Lo has leído?
Silencio.
DÉDALO:
No sé ni para qué pregunto.
ÍCARO: ¿No
tienes pacientes esta mañana?
DÉDALO:
Tengo el día bastante tranquilo. Por eso te dije que vinieses hoy.
ÍCARO:
La crisis afecta hasta a los hipnoterapeutas, ¿eh?
DÉDALO:
Al contrario. La gente se está dando cuenta de que lo viejo está dejando de
funcionar. Es el momento de probar cosas nuevas.
ÍCARO: Tienes
razón. la gente está deseando experimentar. Será por eso por lo que vienen.
DÉDALO:
Experimentan contigo. Conmigo aprenden.
ÍCARO: No
vamos a empezar otra vez, ¿vale?
DÉDALO:
Disculpa, hijo. Tengo la manía de repetirlo todo varias veces. Deformación
profesional, tú lo sabes bien.
ÍCARO:
Conmigo no es necesario.
DÉDALO:
Bueno, cuéntame, ¿a qué viene tanto interés en verme?
ÍCARO:
Quería invitarte a mi nuevo espectáculo. Toma.
Ícaro saca dos entradas y dos folletos de su
bolsillo y se los entrega.
ÍCARO:
Estamos los fines de semana en La chocita
del loro, en Carabanchel.
DÉDALO:
(Leyendo) Purple Rain, un viaje por el
subconsciente. Parece el nombre de una droga. Claro, que tampoco es tan
diferente…
ÍCARO: (Ocultando su ofensa) Te doy dos
entradas, para que vayas con quieras. Con algún compañero o… por si te has
echado una novia o algo.
DÉDALO:
Si puedo ir iré solo. ¿Ha ido Ariadna ya a verte?
ÍCARO:
Sí, y le encanta el show.
DÉDALO:
Los misterios del amor. ¿Hasta cuándo estás en ese sitio actuando?
ÍCARO:
Hasta finales de este mes.
DÉDALO:
Tendré que darme prisa entonces. ¿Y en qué consiste el espectáculo?
ÍCARO:
Bueno, es un espectáculo de interacción con el público que…
DÉDALO:
No me digas.
ÍCARO:
¿Quieres que te lo cuente o no?
DÉDALO:
Sí, sí. Perdona. Dime.
ÍCARO:
Hay una parte conjunta en la que hipnotizo a todo el público para que viva
nuevas aventuras, conozca nuevos lugares, saboree nuevos y viejos sabores… Todo experiencias positivas. Es lo que la
gente quiere. Y después voy sacando a algunos espectadores para que revivan recuerdos
felices. Suele dar muy buen resultado.
DÉDALO:
Me alegra saber que no les haces creer que son una gallina.
ÍCARO:
Te recuerdo que eras tú el que todas las nocheviejas hipnotizabas a algún
familiar para que se comiese una cebolla pensando que era una manzana.
DÉDALO:
Provenimos de una familia muy sugestionable, qué se le va a hacer. ¿Y te da de
comer esto?
ÍCARO:
Bueno… Además trabajo de camarero en el bar donde actúo. Pero no me quejo.
DÉDALO:
Ay, Ícaro…
ÍCARO:
En realidad quería que me ayudases con mi próximo proyecto. Me gustaría emprender en algo completamente
innovador.
DÉDALO:
Ardo en deseos de conocer qué es.
ÍCARO:
Sería para animación en locales nocturnos.
DÉDALO:
¿Vas a practicar la hipnosis en puticlubs?
ÍCARO:
No, papá, en discotecas. Es una iniciativa muy heroica: la melopea ecológica.
Últimamente he practicado con algunos colegas y he conseguido emborracharlos
mediante la Hipnosis Rápida.
DÉDALO:
¿Qué método has usado?
ÍCARO: La
sugestión sensorial, sin embargo la sensación puede ser muy parecida a la de
una buena cogorza.
DÉDALO:
Así, a priori, no suena muy creíble. ¿No les brindas ningún sustitutivo del
alcohol para engañar al cerebro?
ÍCARO:
Al principio les daba chupitos de agua y
les hacía creer que era tequila, pero ahora ni eso hace falta. Y créeme que
funciona.
DÉDALO:
No les durará mucho tiempo.
ÍCARO:
El record está tres horas.
Silencio.
ÍCARO:
No me crees, ¿no?
DÉDALO:
Pues no mucho, Ícaro.
ÍCARO:
Déjame probarlo contigo entonces.
DÉDALO:
Ni hablar.
ÍCARO:
¿Por qué? Venga, cierra los ojos e imagina tu brazo atado a cincuenta globos de
helio.
DÉDALO:
Te quedaste en esos estúpidos juegos y no conseguiste salir de ahí.
ÍCARO:
Esos estúpidos juegos funcionan, papá, y son los que me están dando de comer.
DÉDALO:
El aperitivo. Porque el primero, el segundo y el postre quieres que te los
pague yo.
ÍCARO:
Pensé que te parecería una buena idea. Así los chavales no beberían tanto.
DÉDALO:
Ícaro, la hipnosis no está para engañar a la gente. Está para curarla.
ÍCARO:
¿Ya me vas a volver a soltar otra vez el rollo?
DÉDALO:
¿Y de qué iba a servir? (Pausa) Ahora
mismo podrías estar en un despacho como este, ayudando a personas a superar
traumas y fobias, y no a emborracharlas o a pensar que son más felices de lo
que de verdad son.
ÍCARO:
¿Qué tendrá de malo que la gente quiera divertirse?
DÉDALO:
La hipnoterapia no es un juego.
ÍCARO:
Ah, que ahora es hipnoterapia. Ya te
estás poniendo como cuando era un niño.
DÉDALO:
Es que no me pasé tantos años de mi vida enseñándote los secretos del
subconsciente para que terminases en un bar de mala muerte chasqueando los
dedos delante de cuatro desgraciados.
ÍCARO:
Al menos me interesé por lo que me enseñabas.
DÉDALO:
Casi hubiese preferido que no lo hicieras.
Silencio.
ÍCARO:
Está bien. Ya veo que ha sido una mala idea pedirte nada. Cuando cuente tres lo
habrás olvidado todo. Uno, dos y…
DÉDALO:
Yo ya no puedo ofrecerte nada, Ícaro. Te entregué todo lo que sabía y poseía y
tú lo has aprovechado como te ha dado la gana. Además, no creo que necesites
mucho dinero para financiar eso de las pseudo-borracheras. Otra cosa no, pero
este es un negocio barato.
Silencio.
ÍCARO:
Ariadna está embarazada.
Silencio.
DÉDALO:
¿Lo dices en serio?
ÍCARO: Sí,
papá. Y esto no se soluciona con una palmada.
DÉDALO:
¿Pero Ariadna no estaba en paro?
Ícaro asiente.
DÉDALO:
¿Y cómo vais a salir adelante, inconscientes?
ÍCARO:
Pues trabajando, papá. Como lo he hecho siempre.
DÉDALO:
¿De farandulero? Vamos a hablar en serio, por favor. Hay un niño que depende de
tus locuras.
ÍCARO:
No son locuras.
DÉDALO:
Ícaro, vamos a hacer una cosa. Trabaja conmigo en la consulta como ayudante.
Aprenderás rápido. Tienes mucho talento. Ganarás mucho dinero y…
ÍCARO:
Que no, papá, que esto no me gusta. Las clínicas me dan muy mal rollo.
DÉDALO:
¿No ves que no tienes opción?
ÍCARO:
Por supuesto que la tengo.
DÉDALO:
No voy a permitir que a mi nieto le falte nada. ¡Madura, Ícaro!
ÍCARO:
No, papá, no voy a trabajar contigo. Si quieres prestarme el dinero para mi
proyecto, bien. Si no, me buscaré la vida.
DÉDALO:
¡Pues muy bien! Prueba otra de estas tonterías. Esta vez será la última. Sí, la
última. Ya volverás. Pero yo no te pienso prestar un solo céntimo para que te
lo gastes en eso.
ÍCARO: Entonces
olvídate de conocer a tu nieto.
DÉDALO:
¿Me estás chantajeando?
ÍCARO:
También esto me lo has enseñado tú. Me has dado alas pero no me has dejado
volar a mis anchas. Yo hace tiempo que decidí huir de tu nido.
DÉDALO:
Pues vuela, vuela alto. Ya te estrellarás y me pedirás ayuda.
ÍCARO:
Ese error no lo voy a volver a cometer. (Yéndose) Me voy, papá. ¿Ves cómo me
alejo? ¿Lo ves? Cuánto más me miras más lejos me sientes, exacto. Casi ya no
puedes ni verme. No, no puedes ni verme. Estoy desapareciendo. Desapareceré a
la de tres. Sí, a la de tres. Uno, dos y…
Ícaro se va.
DÉDALO:
… Sueño. (Pausa) Sueño profundo.
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