miércoles, 29 de enero de 2014

Ejercicio ¿Por qué escribo?

Reconstruirse

de
Silvana Pérez

Recuerdo haber escrito siempre, desde pequeña. Como el que pinta, supongo que también pintaría de pequeño, algunos dejan de pintar y otros siguen pintando toda la vida. En mi caso, yo he seguido escribiendo. Como tantos empecé escribiendo un diario. Lo que escribía era sobre amor, sobre chicos que me gustaban y a los que yo no gustaba. Al escribirlo, sentía que quizás un día podría yo gustarles a ellos. Escribía pues no era capaz de decir lo que sentía. Escribía también las cosas que me gustaría que sucediesen. Pienso que si no lo hubiese escrito, hubiese sucedido, como si aquél diario bloquease mis anhelos y los convirtiese en ficción permanente. O quizás, al escribirlo de alguna manera mágica, pasa, y si no pasa, está más cerca de pasar, de convertirse en realidad.
La etapa del diario se alargó en el tiempo. A veces cambiaba el formato: deseché pronto el Querido diario, si alguna vez llegué a utilizarlo. Las cosas no hablan en la realidad, no escuchan: yo no hablaba con nadie cuando escribía, me lo contaba a mí misma lo que me estaba sucediendo, hasta que, eventualmente, lo entendía y ya no dolía. Pero seguí escribiendo sobre mí misma como si yo misma fuese tan importante. Escribía también muchas cartas que nunca mandé, escribía cosas que tendría que haber dicho y no supe decir, escribía situaciones reales que me habían sucedido y cambiaba el desenlace a mi gusto.
En algún momento empecé a escribir relatos, historias en las que yo era la protagonista. No quería vivir muchas vidas distintas quería ser exactamente yo y encontrarme en todas esas situaciones que me imaginaba. No me consideré escritora nunca, ni siquiera ahora me ubico en esa profesión. Nunca pensé que lo que yo escribía pudiese interesar con el añadido de que todo lo que escribía era tan personal que me daba vergüenza. Una vergüenza y miedo terribles, tan grandes que nadie sabía que escribía. También escribí algún poema: ¡Qué osada!
El paso de “escribirme” a escribir teatro fue difuso. No sé colocarlo en el tiempo. Yo pensaba que escribía teatro cuando realmente escribía otra vez sobre mí, personajes que me gustaría haber sido por un instante.
Un día empecé a aburrirme de mí y quise cambiar de punto de vista. Quise ver a los personajes desde otro lugar, sin juzgar, pero jugando mucho con ellos, manejándolos. Me sigue costando sembrar conflictos y tengo la teoría de que nunca lo podré hacer, por eso quizás sigo escribiendo. Escribo, ahora, para construir realidades y manipularlas, para hacer sufrir y disfrutar a los personajes. Ahora miro por la ventana, antes miraba al espejo.
La razón por la que sigo escribiendo no es clara, pero no puedo parar. Quizás porque adoro el momento en el que, durante la escritura, de repente todo parece tener sentido y las palabras salen a borbotones y parecen no tener fin, equiparable a coger una ola. Sólo por esos pequeños momentos no dejaré de escribir, por estar unos instantes on top of the wave.
Con el tiempo, el objeto sobre el que escribo ha cambiado, yo también he cambiado. Pero sigo escribiendo para esclarecerme, para poder ver a los personajes construirse, crecer poco a poco, observar como su personalidad madura y sus acciones y reacciones cambian. Ahora ya no temo a mostrar lo que escribo pues he aprendido a tomar distancia de mi trabajo y puedo tolerar la crítica, creo que sé reconocer la opinión que me sirve para mejorar.
Escribir sigue siendo mi manera de expresar lo que no sé decir. Y aquí no puedo más que copiar las palabras de otros. Como dice la canción de Fito & Los Fitipaldis Que si no canto no sé lo que digo. O José Luis Sampedro: Sólo me aclararé y reconstruiré como lo hice siempre: escribiendo.

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