Reconstruirse
de
Silvana Pérez
Recuerdo
haber escrito siempre, desde pequeña. Como el que pinta, supongo que también
pintaría de pequeño, algunos dejan de pintar y otros siguen pintando toda la
vida. En mi caso, yo he seguido escribiendo. Como tantos empecé escribiendo un
diario. Lo que escribía era sobre amor, sobre chicos que me gustaban y a los
que yo no gustaba. Al escribirlo, sentía que quizás un día podría yo gustarles
a ellos. Escribía pues no era capaz de decir lo que sentía. Escribía también
las cosas que me gustaría que sucediesen. Pienso que si no lo hubiese escrito,
hubiese sucedido, como si aquél diario bloquease mis anhelos y los convirtiese
en ficción permanente. O quizás, al escribirlo de alguna manera mágica, pasa, y
si no pasa, está más cerca de pasar, de convertirse en realidad.
La etapa
del diario se alargó en el tiempo. A veces cambiaba el formato: deseché pronto
el Querido diario, si alguna vez
llegué a utilizarlo. Las cosas no hablan en la realidad, no escuchan: yo no
hablaba con nadie cuando escribía, me lo contaba a mí misma lo que me estaba
sucediendo, hasta que, eventualmente, lo entendía y ya no dolía. Pero seguí
escribiendo sobre mí misma como si yo misma fuese tan importante. Escribía
también muchas cartas que nunca mandé, escribía cosas que tendría que haber
dicho y no supe decir, escribía situaciones reales que me habían sucedido y
cambiaba el desenlace a mi gusto.
En algún
momento empecé a escribir relatos, historias en las que yo era la protagonista.
No quería vivir muchas vidas distintas quería ser exactamente yo y encontrarme
en todas esas situaciones que me imaginaba. No me consideré escritora nunca, ni
siquiera ahora me ubico en esa profesión. Nunca pensé que lo que yo escribía
pudiese interesar con el añadido de que todo lo que escribía era tan personal
que me daba vergüenza. Una vergüenza y miedo terribles, tan grandes que nadie
sabía que escribía. También escribí algún poema: ¡Qué osada!
El paso de
“escribirme” a escribir teatro fue difuso. No sé colocarlo en el tiempo. Yo
pensaba que escribía teatro cuando realmente escribía otra vez sobre mí, personajes
que me gustaría haber sido por un instante.
Un día
empecé a aburrirme de mí y quise cambiar de punto de vista. Quise ver a los
personajes desde otro lugar, sin juzgar, pero jugando mucho con ellos,
manejándolos. Me sigue costando sembrar conflictos y tengo la teoría de que
nunca lo podré hacer, por eso quizás sigo escribiendo. Escribo, ahora, para
construir realidades y manipularlas, para hacer sufrir y disfrutar a los
personajes. Ahora miro por la ventana, antes miraba al espejo.
La razón
por la que sigo escribiendo no es clara, pero no puedo parar. Quizás porque
adoro el momento en el que, durante la escritura, de repente todo parece tener
sentido y las palabras salen a borbotones y parecen no tener fin, equiparable a
coger una ola. Sólo por esos pequeños momentos no dejaré de escribir, por estar
unos instantes on top of the wave.
Con el
tiempo, el objeto sobre el que escribo ha cambiado, yo también he cambiado.
Pero sigo escribiendo para esclarecerme, para poder ver a los personajes construirse,
crecer poco a poco, observar como su personalidad madura y sus acciones y
reacciones cambian. Ahora ya no temo a mostrar lo que escribo pues he aprendido
a tomar distancia de mi trabajo y puedo tolerar la crítica, creo que sé reconocer
la opinión que me sirve para mejorar.
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