Una
sábana blanca al fondo del escenario. En la sábana se proyectan las
sombras de manos. Las sombras son imprecisas no se definen. En
ocasiones, esas sombras parecen palomas revoloteando cerca del foco,
como si alguien las hubiese atado por la pata.
Por la
escalera de caracol sube una mujer. Viste una vestido de flores.
Lleva el pelo recogido en el cogote y se ha pasado buena parte de la
mañana definiendo los bucles que luce en las sienes. Ella, sube
lentamente por la escalera portando una cesta de mimbre. De la cesta
asoman los tallos de unas cebollas que nos miran. De tan despacio que
va, la mujer, parece que no se mueve.
En lo
alto de la escalera un hombre.
HOMBRE.—
Huele a pescado.
El
hombre viste con un traje de chaqueta oscuro y camisa blanca. Está
sucio, los pies embarrados, suda.
HOMBRE.—
Ha llegado la vecina.
El
hombre, desde su lugar, se quita la chaqueta y se la tira a la mujer.
Afortunadamente, para los bucles, el hombre yerra el tiro. La
chaqueta en el suelo, ambos la miran unos instantes. La mujer sigue
subiendo por la escalera. La chaqueta vuela y se posa en los hombros
de la mujer.
Un
niño y una niña aparecen al pie de la escalera. La mujer se
detiene y los mira. Desde la distancia los abraza, de manera que la
mujer se queda abrazando el vacío. Los niños intentan subir la
escalera pero no pueden. El primer escalón es demasiado alto para
ellos. La escalera se mueve lentamente, la mujer no se tambalea,
controla el espacio.
NIÑO.—
¿Me das una peseta?
NIÑA.—
¿Y a mí?
La
escalera se escora hacia los lados y la mujer sonríe. La mujer les
lanza una manzana. Durante el vuelo de la manzana el tiempo se
detiene. Uno, dos o tres minutos tarda la manzana en llegar a las
manos del niño.
NIÑO.—
Una peseta te he dicho.
MUJER.—
¡Silencio! No oigo a vuestro padre.
El
niño sube por la escalera escorada.
NIÑO.—
¿Qué pasaría si se me cayesen las orejas?
MUJER.—
Te pondría otras.
NIÑOS.—
¿Qué pasaría si se cayese el techo? ¿Qué pasaría si se cayese
mientras dormimos? ¿Eh, mamá? ¿Se puede caer el techo?
MUJER.—
No se caerá el techo. ¿Cómo se va a caer?
La
niña llora al pie de la escalera.
MUJER.—
¿Qué tienes? ¿No te gusta la manzana?
NIÑA.—
No me gustan los gritos.
MUJER.—
La próxima vez nos enfadaremos en silencio.
NIÑA.—
Quiero que me des un abrazo.
MUJER.—
Ahora no puedo, renacuaja.
NIÑA.—
Te echo de menos.
MUJER.—
Eres muy mayor.
NIÑA.—
¡Baja!
MUJER.—
Estoy subiendo. Voy a ver a tu padre.
NIÑA.—
Pues subo yo.
MUJER.—
Quédate con tus hermanos.
NIÑA.—
Yo también quiero ver a papá.
MUJER.—
Papá está arriba. Tienes que ir a comprar el pan para tus hermanos.
NIÑA.—
Me gustaba más cómo cocinabas tú.
MUJER.—
Besos, besos, besos.
NIÑA.—
No quiero ser mayor. Y tú, ¿no vuelves?
NIÑO.—
Me tengo que quedar con mamá. Cuando llegues a casa yo no estaré.
MUJER.—
Besos, besos, besos.
NIÑO.—
Besos, besos, besos.
La
mujer y el niño terminan de subir la escalera. El hombre observa a
la niña. Los tres salen de escena. La sábana del fondo cae pero no
cubre a la niña. La niña coge una punta de la sábana y sale de
escena arrastrándola.
PASADIZO A OSCURAS (TEXTO AL ESTILO DE TADEUS KANTOR)
Luciano Muriel
Un eterno pasillo invadido por la penumbra. Por más que se aguze el sentido de la vista, es imposible alcanzar a ver el final. En uno de los extremos, una madre cirga y su hijo el cual tiene una edad mental de doce años esperan para pasar.
MADRE: No tardaré mucho.
HIJO: No te harán daño, ¿verdad?
MADRE: Tranquilo. Es una prueba muy sencilla. Ningún médico puede hacerte daño en los ojos. Todo lo contrario.
HIJO: ¿Y si te los sacan?
MADRE: ¿Cómo iban a hacer eso?
HIJO: No sé…
Silencio.
HIJO: Nunca sé.
MADRE: Claro que sabes. ¿Sigues con la tontería de ser…?
HIJO: ¿De ser tonto?
MADRE: Sí.
HIJO: A veces se me olvida.
MADRE: Eso es porque no es importante. A mí a veces también se me olvida que no veo.
HIJO: ¿Cómo no va a ser eso importante?
MADRE: Nos hemos acostumbrado los dos, ¿te das cuenta?
HIJO: No sé. Nunca sé.
El hijo acaricia los párpados de la madre.
HIJO: Echo de menos los días en que me mirabas.
MADRE: Pero sigo aquí.
HIJO: Pero no me ves.
MADRE: ¿No eres capaz de conformarte?
Silencio.
HIJO: ¿Qué te harán allí dentro?
MADRE: Ya te lo he dicho. Me pondrán unos aparatos para ver si puedo curarme.
HIJO: No dolerá, entonces…
MADRE: No.
Silencio.
HIJO: Creo que me hice tonto cuando…
MADRE: (Lo corta) Tú no eres tonto.
HIJO: Creo que me hice tonto cuando dejaste de mirarme. Desde entonces siento que no sé pensar igual.
MADRE: Tú eres mis ojos, cariño. Puedo ver a través de ti. Eso no es de ser tonto.
HIJO: Los ojos no pueden pensar.
MADRE: Tú sí.
HIJO: ¿Qué harás cuando yo no esté?
MADRE: Siempre estarás.
HIJO: Mamá. Creo que no siempre estaré.
MADRE: Hijo…
HIJO: Déjame terminar. Aunque sea por una vez.
Silencio.
HIJO: Me marcho.
MADRE: No puedes dejarme sola.
HIJO: ¿Qué importa? Ese pasillo está demasiado oscuro. Ni siquiera yo podría guiarte por él.
MADRE: Necesito que me acompañes.
El hijo niega con la cabeza, pero su madre no puede verlo.
HIJO: Creo que me hice tonto cuando dejaste de mirarme. Cuando tus ojos se secaron y pusieron en los míos las lágrimas de los dos.
MADRE: Cariño, pero yo soy tu madre.
HIJO: Me has dicho que no dolerá. Si nada te va a hacer llorar ahí dentro no me necesitas.
El hijo besa los párpados de su madre.
HIJO: Nos podremos volver a acostumbrar.
MADRE: ¿Cómo se puede abandonar a la mujer que te dio la vida?
HIJO: Voy a ser listo, mamá. Ya lo verás.
MADRE: Nadie me va a guiar como tú.
El hijo se marcha en el sentido contrario, arrastrando una pierna la cual parece putrefacta y completamente inerte. El movimiento es grotesco y torpe.