jueves, 30 de enero de 2014

Comentario Lourdes Ortiz, Jana Pacheco



El estilo de Lourdes Ortiz

Jana Pacheco

Fedra en su segundo parlamento afirma “me pongo lorquiana” para introducir palabras repletas de poesía y sensualidad.  Reconocemos aquí a la autora, Lourdes Ortiz, que homenajea al poeta andaluz.
El erotismo de Fedra se desprende de sus deseos, de sus palabras calientes, de sus emociones. La sexualidad del personaje femenino se desplaza. El cuerpo de la mujer deja de ser el objeto de deseo, la carne para ser devorada, para convertirse en piel que desea, en voracidad, en pasión. Este huracán de versos recuerda al famoso pasaje de Bodas de Sangre, donde La novia huye con Leonardo arrastrada por su ardiente deseo. La mujer lorquiana anuncia sus impulsos sexuales, la mujer que plantea Lourdes Ortiz los libera.  

Los Personajillos que comentan la obra recuerdan a los duendes de Don Perlimplín con Belisa en su Jardín, que airean la sexualidad de la joven Belisa, capaz de recibir a cinco hombres distintos en una misma noche, para que arruguen sus sábanas y satisfagan su pasión. 

Lourdes consigue la musicalidad con cada silaba. Sus versos pintan y arañan con fervor. Descompone la simbología cristiana de la carne para convertirla en sensualidad y vertebra la naturaleza para convertirla en el “único dios que todo lo ordena”. Todo ello genera en el texto un tono elevado que transforma lo escénico en mágico, palabra que, según los griegos es la “cualidad de lo sobrenatural”. 

La poesía desvela secretos que conectan al ser humano con lo trágico y lo universal, en definitiva, con el mito. Así, la Fedra de Ortiz es un regreso a su naturaleza más pura. Con ella podemos seguir bailando “en la danza repetida bajo la alfombra” y “soñar con fronteras que atravesar”. 

Electra Garrigó




















Perfil de Virgilio Piñera

Virgilio Domingo Piñera Llera ,
fue un poeta, narrador, dramaturgo, ensayista y traductor cubano, considerado uno de los autores más originales de la literatura de la isla. 

Nació el 4 de agosto de 1912 en la ciudad de Cárdenas, provincia de Matanzas, de padre agrimensor y madre maestra. Su familia se traslada, por razones de trabajo, a Guanabacoa, en La Habana. Funda, junto a Luis Martínez y Aníbal Vega, la Hermandad de Jóvenes Cubanos, organización cuya finalidad fundamental era la difusión de la cultura. 

Se define su vocación de escritor. Escribe sus primeros poemas significativos. Ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana con matrícula gratis, dada su precaria situación económica. En la antología La poesía cubana en 1936, aparecida ese año y compilada por Juan Ramón Jiménez, se incluye su poema El grito mudo

El 24 de febrero de 1946 viaja a Buenos Aires, donde permanece hasta diciembre de 1947 como becario de la Comisión Nacional de Cultura de esa ciudad. Allí entró en contacto con muchos de los mejores escritores argentinos de esos momentos, una cercanía que sin duda influyó mucho en su formación y, en general, en la integración de su escritura. 

En 1952 publicó su primera novela en Argentina, La carne de René. En 1955 fundó con Rodríguez Feo la revista Ciclón, de gran importancia en la historia de la literatura cubana. Por entonces colaboró también con la revista argentina Sur y con las francesas Lettres Nouvelles y Les Temps Modernes. En 1958 abandonó Argentina y se instaló definitivamente en Cuba, donde viviría hasta su muerte, el 18 de octubre de 1979.

Tras el triunfo de la Revolución Cubana , Piñera colaboró en el periódico Revolución y en su suplemento Lunes de Revolución. En 1960 reestrenó Electra Garrigó y publicó su Teatro completo. En 1968 recibió el Premio Casa de las Américas de teatro por Dos viejos pánicos

A partir de 1971, Piñera dejó de ser publicado en Cuba. Hoy es ampliamente reconocido y su obra difundida y estudiada. Como narrador, destaca por su humor negro, dentro de la línea del absurdo. Fue también un destacado traductor, y vertió al español obras de Jean Giono y de Witold Gombrowicz, entre muchos otros. 


Enlaces sobre Virgilio

http://www.cubaliteraria.com/autor/virgilio_pinnera/index.html






BIBLIOGRAFÍA Y ENLACES TEATRO CUBANO


Adjunto referencia bibliográfica de la Antología de teatro cubano, donde podéis leer la obra Electra Garrigó completa.

BREVE BIBLIOGRAFÍA TEATRO CUBANO

Espinosa Domínguez, Carlos, Pérez Coterillo, Moisés/eds., Teatro Cubano contemporáneo. Antología, Madrid, Centro de Documentación Teatral, 1992.

González Freire, Natividad, Teatro cubano (1927-1961), La Habana: Ministerio de Relaciones Exteriores, 1961.

Leal, Rine, En primera persona (1954-1966). Teatro y danza. La Habana, Instituto del Libro, 1967.
Martí de Cid, Dolores, ed., Cid Pérez, José, prol., Teatro contemporáneo, Teatro cubano, Madrid, Aguilar, 1962.

Morín, Francisco, Por amor al arte. Memorias de un teatrista cubano. 1940-1970, Miami, Ediciones Universal, prólogo De Concha Alzola. 1998.

Muguercia, Magaly, El Teatro cubano en vísperas de la Revolución, Editorial Letras Cubanas, 1988.

Triana, José, “Manuscritos del tiempo” en  El tiempo en un acto, obras de teatro cubano, New York, Ollantay Press, 1999.



*Y algunos enlaces sobre la Historia de la dramaturgia cubana.


ENLACES DRAMATURGIA CUBANA

miércoles, 29 de enero de 2014

Comentario Bebiendo en Calaveras de Fernando Arrabal

Comentario Bebiendo en Calaveras de Fernando Arrabal
De
Silvana Pérez
Fernando Arrabal nos describe sus sensaciones al enfrentarse a la escritura de un texto. Es muy interesante observar su experiencia en el ejercicio de la escritura, pues de una actividad tan sosegada él experimenta unas sensaciones físicas muy breves de gran dimensión corporal: volar. La dualidad de sus sensaciones en la que el que alguna vez ha escrito algo gracias a la inspiración se puede reconocer: Durante un soplo de viento me imagino dios con los dioses del Olimpo y prisionero aterrado en su calabozo de tinieblas.
Encontramos también un acercamiento a su modo de inspiración, a ese momento de trance en el que el autor está en control y a la vez se siente manipulado. La imaginación es el arte de combinar recuerdos nos dice, sus trances activos, su inspiración es esta imaginación.
En todo momento Arrabal describe una experiencia dual sobre la escritura nos habla de cómo siente que su arte es “dictado” por alguien superior a la vez que el controla su obra de un modo demiúrgico.  Las ideas que refleja Arrabal en el texto están llenas de oxímoron, ideas contradictorias que no dejan de ser verdad que surgen de la complejidad que nace al intentar explicar un proceso creativo tan íntimo y, muchas veces, tan irracional como es el de la escritura.
Mi teatro es el reflejo de las peripecias del minúsculo grupo que me rodea y de toda la humanidad. Uno podría pensar que Arrabal nos propone un “todo vale” a la hora de escribir, y en efecto creo que parte de lo que nos dice es así, todo vale siempre que le valga a uno mismo.

Ejercicio ¿Por qué escribo?

Reconstruirse

de
Silvana Pérez

Recuerdo haber escrito siempre, desde pequeña. Como el que pinta, supongo que también pintaría de pequeño, algunos dejan de pintar y otros siguen pintando toda la vida. En mi caso, yo he seguido escribiendo. Como tantos empecé escribiendo un diario. Lo que escribía era sobre amor, sobre chicos que me gustaban y a los que yo no gustaba. Al escribirlo, sentía que quizás un día podría yo gustarles a ellos. Escribía pues no era capaz de decir lo que sentía. Escribía también las cosas que me gustaría que sucediesen. Pienso que si no lo hubiese escrito, hubiese sucedido, como si aquél diario bloquease mis anhelos y los convirtiese en ficción permanente. O quizás, al escribirlo de alguna manera mágica, pasa, y si no pasa, está más cerca de pasar, de convertirse en realidad.
La etapa del diario se alargó en el tiempo. A veces cambiaba el formato: deseché pronto el Querido diario, si alguna vez llegué a utilizarlo. Las cosas no hablan en la realidad, no escuchan: yo no hablaba con nadie cuando escribía, me lo contaba a mí misma lo que me estaba sucediendo, hasta que, eventualmente, lo entendía y ya no dolía. Pero seguí escribiendo sobre mí misma como si yo misma fuese tan importante. Escribía también muchas cartas que nunca mandé, escribía cosas que tendría que haber dicho y no supe decir, escribía situaciones reales que me habían sucedido y cambiaba el desenlace a mi gusto.
En algún momento empecé a escribir relatos, historias en las que yo era la protagonista. No quería vivir muchas vidas distintas quería ser exactamente yo y encontrarme en todas esas situaciones que me imaginaba. No me consideré escritora nunca, ni siquiera ahora me ubico en esa profesión. Nunca pensé que lo que yo escribía pudiese interesar con el añadido de que todo lo que escribía era tan personal que me daba vergüenza. Una vergüenza y miedo terribles, tan grandes que nadie sabía que escribía. También escribí algún poema: ¡Qué osada!
El paso de “escribirme” a escribir teatro fue difuso. No sé colocarlo en el tiempo. Yo pensaba que escribía teatro cuando realmente escribía otra vez sobre mí, personajes que me gustaría haber sido por un instante.
Un día empecé a aburrirme de mí y quise cambiar de punto de vista. Quise ver a los personajes desde otro lugar, sin juzgar, pero jugando mucho con ellos, manejándolos. Me sigue costando sembrar conflictos y tengo la teoría de que nunca lo podré hacer, por eso quizás sigo escribiendo. Escribo, ahora, para construir realidades y manipularlas, para hacer sufrir y disfrutar a los personajes. Ahora miro por la ventana, antes miraba al espejo.
La razón por la que sigo escribiendo no es clara, pero no puedo parar. Quizás porque adoro el momento en el que, durante la escritura, de repente todo parece tener sentido y las palabras salen a borbotones y parecen no tener fin, equiparable a coger una ola. Sólo por esos pequeños momentos no dejaré de escribir, por estar unos instantes on top of the wave.
Con el tiempo, el objeto sobre el que escribo ha cambiado, yo también he cambiado. Pero sigo escribiendo para esclarecerme, para poder ver a los personajes construirse, crecer poco a poco, observar como su personalidad madura y sus acciones y reacciones cambian. Ahora ya no temo a mostrar lo que escribo pues he aprendido a tomar distancia de mi trabajo y puedo tolerar la crítica, creo que sé reconocer la opinión que me sirve para mejorar.
Escribir sigue siendo mi manera de expresar lo que no sé decir. Y aquí no puedo más que copiar las palabras de otros. Como dice la canción de Fito & Los Fitipaldis Que si no canto no sé lo que digo. O José Luis Sampedro: Sólo me aclararé y reconstruiré como lo hice siempre: escribiendo.

Lloronas - Ejercicio canciones


Lloronas

de

Silvana Pérez 




Una tapia que termina en lo alto con grandes pinchos. Por detrás asoma la punta de un ciprés. Es de noche y el viento sopla muy fuerte. Un NOVIA vestida de blanco y manchada de barro salta la tapia, su vestido queda enganchado en los pinchos de la tapia. Ella queda flotando y se desangra lentamente, pues se ha cortado fatalmente en el cuello durante su salto.

NOVIA.― ¡No!

Se oye una verja cerrarse. Silencio. Pasos arrastrados. Entra la VIUDA bordeando la tapia, cabizbaja, no advierte la presencia de la Novia colgante. La Viuda, ríe.


VIUDA.― (Ríe) ¡Manuel! (Saca una petaca del bolsillo y bebe. Ríe más) ¡Manuel! No somos nadie. Malnacido.

NOVIA.― Señora, perdone, ¿me puede echar una mano?

VIUDA.― Creo que no voy a llegar hasta ahí arriba. (Se acerca a ella y resbala con el charquito de sangre).

NOVIA.― ¡Cuidado!

VIUDA.― No se preocupe, en el negro no se notan las manchas. ¡Llevo demasiado tiempo celebrando su muerte! (No puede levantarse de la risa.) No vaya usted a pensar mal de mí, señora.

NOVIA.― No, pero tenga cuidado con la sangre. (Alargándole la mano) Tire de mi mano, a ver si consigo zafarme.

VIUDA.― Se va a caer usted en la sangre. (Ríe)

NOVIA.― Las manchas ya me dan igual.

VIUDA.― Si tiro de usted, va a caer al suelo. No quiero enlutar de nuevo. (Ríe)

NOVIA.― ¡Vamos! No es tan alto. ¡Tire de mi mano!

VIUDA.― Es la primera vez que la veo en este cementerio.

NOVIA.― Sí, es la primera vez. Tenía que comprobar una cosa.

VIUDA.― Hay una verja del otro lado, por si tiene que volver. (Ríe y bebe)

NOVIA.― Lo sé.

VIUDA.― Yo también vengo siempre a comprobar una cosa. Y está bien muerto. Lo enterramos en la tierra, a mi Manuel. Mi suegra quería meterlo en un nicho. ¡Ni hablar! ¡Que se lo coman los bichos! ¡Que le devoren los gusanos!

NOVIA .― ¡No hable así, señora!

VIUDA.― (Levantándose del suelo) Yo hablo de mi Manuel como me da la gana. ¿Quiere un cigarro?

NOVIA.― Me vendrá bien.

VIUDA.― (Enciende un cigarro en su boca y se lo alcanza de un saltito a la Novia) Es más fácil que lo olvide todo. Celebre que es usted libre mientras ese hombre está vivo. Deje de buscarle.

NOVIA.― Yo no busco a nadie.

VIUDA.― Míreme usted a mi. (Pausa. Fuman.) ¿Cuándo es la boda pues?

NOVIA.― (Silencio.) Cuando le encuentre. Como me dijo.

VIUDA.― ¿Aquí le está buscando?

NOVIA.― ¡Bájeme de aquí!

VIUDA.― No creo que tenga usted mucha prisa. Podría haber utilizado el camino más rápido.

NOVIA.― ¿Qué camino?

VIUDA.― La puerta. (Ríe)

NOVIA.― (Termina su cigarro, lo tira y se apaga sobre la sangre) Me dijo que si no volvía a buscarme, fuese por él.

VIUDA.― ¿Al cementerio?

NOVIA.― Después de tanto tiempo, ¿dónde sino?

VIUDA.― La misma vieja historia de amor.

NOVIA.― ¿Me regala un trago de aguardiente? (La Viuda, ahora apoyada en la tapia, alcanza la petaca a la Novia) Él siempre me contaba de su vida, frente a dos copas de aguardiente.

VIUDA.― ¿Y cuándo le perdió?

NOVIA.― Se fue en un buque.

VIUDA.― ¿Y cómo se llama?

NOVIA.― Todos le dicen el negro, pero es rubio como la cerveza.

VIUDA.― (Lentamente se desliza por la pared, hasta quedar sentada. De nuevo se mancha con la sangre que sigue goteando) Entiendo.

NOVIA.― ¿No lo habrá visto usted?

VIUDA.― Por aquí pasa tanta gente. La memoria. Traiciona.

NOVIA.― Tome.

La Novia le alcanza la petaca a la Viuda. La Novia agarra fuertemente a la Viuda de la muñeca.

VIUDA.― ¡Suélteme, malnacida!

NOVIA.― ¡Ayúdeme a bajar de aquí!

VIUDA.― ¡Nos vamos a matar las dos!

NOVIA.― ¡Me estoy desangrando! ¡Bájeme! (Consigue soltarse. La Novia está ahora más cerca del suelo. Silencio.) Tengo sueño.

VIUDA.― Duerma.

NOVIA.― (La sangre gotea ahora más rápido) Estoy perdiendo a mi familia. Bájeme de aquí, por favor.

VIUDA.― Ya queda poco. ¿Bebe?

NOVIA.― Me pesan mucho las manos.

VIUDA.― (Bebe) ¿Qué más quiere?

NOVIA.― Se me cierran los ojos.

VIUDA.― Ciérrelos.

NOVIA.― Ayúdeme.

VIUDA.― En eso estoy.


La Viuda llora ahora silenciosamente. Llora y llora. Bebe y bebe.

NOVIA.― Me voy. ¿Viene?

VIUDA.― El cielo... por mi puede esperar.

Cae sobre el suelo la última gotita de sangre de la Novia. La Viuda la observa. La Viuda llora en silencio.


VIUDA.― ¡Manuel!

Perfil Silvana Pérez

Silvana Pérez

Nace en  Barcelona capital pero, por capricho de su padre, en su documento pone Granollers. Él, el padre, dice que siempre es mejor ser de pueblo que de ciudad, así que en el registro el padre afirma que la niña nació en casa. ¡Mentira! Así se inicia su vida, con una trolilla. Después de ese día se dedica por completo a crecer, todos los días de su vida va estirando un poco, la ropa le va quedando pequeña. Le crece la espalda, le crecen los brazos, le crecen los pies, las piernas, los dedo, la nariz. La nariz le crecía porque le gustaba mentir, contar mentiras. Tralará. Creo que cuando dejó de crecer empezó a madurar. Pero madurar le cuesta un poco y todavía sigue en ello. Un día vio una obra de teatro que le gustó mucho y otro día decidió apuntarse al grupo de teatro del colegio. Esa quizás fue una decisión que la encadenó a las penurias de ser actriz. Una buena excusa para seguir contando mentiras. 
 
Estudia teatro, trabaja en el teatro hasta que en 2008 decide cambiar de ciudad. Se va a Madrid. En Madrid sigue con esto del teatro, pero algo más. Empieza a escribir, sin técnica, sin base, sólo sabe escribir de ella misma aunque quiere escribir de muchas cosas, así que decide empezar a estudiar de nuevo.

Ejercicio Mito

Electra encadenada

de Silvana Pérez



Cocina/salón de un pequeño apartamento. Clitemnestra prepara café. Son las siete de la mañana. Está todavía en ropa de cama. Entra Electra empujando la silla de ruedas en la que yace Agamenón. Éste está atado a la silla de ruedas, completamente inerte, sus ojos no miran de frente, sino que, como su cabeza están algo inclinados.

Electra. Me tienes que contar todo lo que hiciste en Irak, papi. Cuando puedas, si algún día puedes.

Clitemnestra. ¿Quieres café?

Electra. Sí. (A Agamenón) ¿Quieres café, papá?

Clitemnestra. ¿Te pongo dos tazas, nena?

Electra. Sí, nos pones dos tazas, madre.

Clitemnestra. Toma.

Electra. (A Agamenón) No te preocupes, aún es tu mujer. Puedes hacer con ella lo que quieras.

Clitemnestra. ¡Egisto! ¡Levántate joder, que soy minoría! (A Electra) Te dejo aquí la lista de la compra.

Electra. No sé si podré subir las bolsas yo sola. ¿Me ayudarás tú, papito?

Clitemnestra. Móntatelo como quieras, pero me haces la compra.

Egisto entra en calzoncillos.

Clitemnestra. Buenos días cariño. (Se besan) ¿Todo esto es tuyo?

Egisto. No tendrías que haberme dejado solo en la cama.

Clitemnestra. ¿Te pongo un café?

Egisto. Me pones.

Clitemnestra. Suéltame. (Sirve otra taza de café en la mesa y se sientan los cuatro)

Electra. ¿A qué hora vas a volver?

Egisto. Tarde, como siempre.

Electra. Madre, ¿a qué hora vas a volver?

Clitemnestra. No te metas en lo que no te importa. No importa lo que yo haga. Tú tienes que quedarte en casa, cuidando de tu padre.

Electra. Podría algún día ayudarte en la peluquería. Necesito que me dé un poco el aire.

Clitemnestra. ¿No sales con tu padre? ¿No paseas con él?

Electra. El ascensor está estropeado.

Clitemnestra. El viejo huele. Lávalo cuando nos vayamos. No quiero ver los colgajos de la discordia. ¿En qué momento yo...?

Egisto. Olvídalo nena.

Electra. (A Agamenón) ¿Lo puedes entender? Esa desgraciada. Dándose el lote en tus narices. Y el otro. Pues no es chulo el otro. Dos tortas bien dadas. (Pausa) Tienes un poco de babita aquí. Ya está. Ahora estás estupendo. (Pausa) Yo tampoco la hubiese echado de menos.

Clitemnestra. ¿Qué dices? Te he oído hija de perra. Te he oído. Eres una niña malcriada y consentida por esa patata que tienes por padre.

Electra. Todavía es tu marido.

Electra empuja la silla de ruedas hasta el balcón. Es de noche. Ella se apoya en la barandilla del balcón. Fuma. Agamenón y su silla asoman por el ventanal.

Electra. Me tendrás que perdonar. (Mira a Agamenón)Lo tengo que hacer. (Le pone un cigarro en la boca) Antes te gustaba fumar. Dicen que fumar va bien. Relaja los esfínteres. (Electra da una calada al cigarro y besa a su padre, le mete todo el humo del cigarro) Si me entiendes haz algo, parpadea. (Pausa) Lo tengo que hacer, no me gusta utilizarte. Mira el barrio. No es ya como lo dejaste. (Pausa) Cuando fuiste a Irak todo parecía como si fuese a mejorar. ¿No? Un poco de aire en la casa. (Se sienta en su regazo) Yo sí te eché de menos. (Le besa en la mejilla) Me di cuenta de que no podía vivir sin ti. (Pausa) Mamá en seguida te reemplazó. Por lo que decían en el periódico, que os tirabais a las moras. ¿Es verdad eso? (Da otra calada profunda) A ver abre la boca. (Se la abre y echa todo el humo del cigarro dentro de la boca de Agamenón) ¿A las moras muertas también? ¿No te daba asco? (Pausa) ¿A mi me echaste de menos? (Pausa) Estás tan lejos. Eras un padre guay. Me gustaba hablar de ti a los colegas. Ahora ya ni les veo. (Pausa. Huele a Agamenón) Gracias.

Cocina/Salón. Electra friega los platos. Entra Clitemnestra.

Clitemnestra. Huele a mierda.

Electra. ¿Qué?

Clitemnestra. Es asqueroso, huele a cloaca. (Abre las ventanas y el balcón)

Electra. Serán las cañerías. Pero yo no huelo nada. Quizás ese olor misterioso viene de la calle. (Se asoma al balcón) ¡Orestes!

Clitemnestra. Dios mío, qué asco voy a vomitar. ¿No se habrá podrido algo por aquí?

Electra. Está casa está siempre limpia. Me encargo yo. (Mirando hacia la calle, desde el exterior del balcón) Ahí estás... ¡Mira hacia arriba! Mira... Mírame.

Clitemnestra. Electra coño, entra.

Electra. Voy.

Clitemnestra. Es tu padre. Se ha cagado.

Electra. No es posible. Ya cagó esta mañana. Como todos los días, a la misma hora. Por eso le dejamos atado en el trono, para no tener que limpiarlo después.

Clitemnestra. ¿Y no lleva pañales?

Electra. ¡Quieres que le ponga pañales al rey de la casa!

Entra Egisto borracho.

Clitemnestra. Cariño, el viejo se lo ha hecho encima.

Egisto. Pensaba que cagaba por un tubo. Límpialo. (Se sienta en el sofá)

Clitemnestra. (A Electra) Límpialo.

Electra. No quiero. Hazlo tú.

Clitemnestra. (Agarrando a Electra por el cuello y acercándola a Agamenón) Es tu padre y le debes una existencia digna. Sois de la misma sangre. Un gran soldado nunca pierde la dignidad, un gran soldado nunca pierde una batalla. Y menos contra si mismo. ¿Hueles?

Electra. No huelo nada.

Clitemnestra. ¿No hueles?

Electra. Huelo a mi padre.

Clitemnestra. Malnacida, te vas a enterar.

Egisto. (A Clitemnestra) Hazlo tú. Al fin y al cabo, sigue siendo tu marido. (Pausa) Silencio.

Electra sale de nuevo al balcón y Egisto se duerme con una cerveza fría en la mano.

Electra. Tiene que ser él. ¿Qué hace? (Pausa) Fuma. Sí, es él. El único rubio de la casa. ¿No me miras? Hermano. A ti también te he echado de menos. Mis hombres. (Silba) No me oye.

Electra silba de nuevo y Orestes se gira la mira, vuelve la cabeza y sigue fumando. Electra silba otra vez.

Orestes. ¿Qué quieres?

Electra. ¿Qué haces aquí?

Orestes. ¿Quién eres?

Electra. Pensé que no volvería a verte.

Orestes. Perdona pero no te conozco. (Inicia la salida)

Electra. Espera. ¿No me reconoces?

Orestes. Baja y deja que te mire de cerca.

Electra. No puedo salir de aquí. Te estaba esperando para que me ayudases, Orestes.

Orestes. ¿Cómo sabes mi nombre?

Electra. Hemos jugado juntos tantas veces. Yo tampoco me acordaría de ti, si no esperase verte en este barrio.

Orestes. ¿Esperabas verme tú a mi?

Electra. (Canta) Estaba la rana sentada cantando debajo del agua. Cuando la rana se puso a cantar vino la mosca y la hizo callar.

Orestes. (Canta con ella) ... Vino la mosca y la hizo callar. (Pausa) Electra. Tan mayor estás.

Electra. ¿Te acuerdas ahora? ¿Qué haces en este barrio?

Orestes. Me dijeron que fue en esta plaza donde papá tuvo el accidente. ¿Cómo estás?

Electra. Me tienen encerrada. La bruja que tienes por madre me obliga a cuidar de nuestro padre.

Orestes. ¿No habla?

Electra. No. Creo que ni piensa.

Orestes. ¿Se mueve?

Electra. Solo se mueve con mis manos.

Orestes. Tendría que haber vuelto antes.

Electra. La fresca esa me martiriza todos los días. Me tiene de chacha todo el día en casa, no me deja trabajar en la peluquería. Las clientas me echan de menos, preguntan por mí.

Orestes. Podrías haberte ido.

Electra. Ella tiene la custodia de papá. Para la herencia. No lo puede abandonar.

Orestes. No he podido volver antes.

Electra. Y su hombre no respeta la presencia de nuestro padre. La magrea delante de los dos. Y ella, ella, ella es tan puta que no le importa. Me gustaría tener la fuerza en mis manos para estrangularles.

Orestes. Me duele en el pecho. (Pausa) Tengo la pistola.

Electra. Sube.

Electra entra y va hacia el telefonillo. Abajo, Orestes entra por el portal. Oscuro.