Electra
encadenada
de Silvana Pérez
Cocina/salón de un
pequeño apartamento. Clitemnestra prepara café. Son las siete de la
mañana. Está todavía en ropa de cama. Entra Electra empujando la
silla de ruedas en la que yace Agamenón. Éste está atado a la
silla de ruedas, completamente inerte, sus ojos no miran de frente,
sino que, como su cabeza están algo inclinados.
Electra.
Me tienes que contar todo lo que hiciste en Irak, papi. Cuando
puedas, si algún día puedes.
Clitemnestra. ¿Quieres
café?
Electra. Sí.
(A Agamenón)
¿Quieres café, papá?
Clitemnestra.
¿Te
pongo dos tazas, nena?
Electra.
Sí,
nos pones dos tazas, madre.
Clitemnestra.
Toma.
Electra.
(A Agamenón)
No te preocupes, aún es tu mujer. Puedes hacer con ella lo que
quieras.
Clitemnestra.
¡Egisto!
¡Levántate joder, que soy minoría! (A
Electra)
Te dejo aquí la lista de la compra.
Electra.
No
sé si podré subir las bolsas yo sola. ¿Me ayudarás tú, papito?
Clitemnestra.
Móntatelo
como quieras, pero me haces la compra.
Egisto
entra en calzoncillos.
Clitemnestra.
Buenos días cariño. (Se
besan) ¿Todo esto es
tuyo?
Egisto.
No tendrías que haberme dejado
solo en la cama.
Clitemnestra.
¿Te pongo un café?
Egisto.
Me pones.
Clitemnestra.
Suéltame. (Sirve
otra taza de café en la mesa y se sientan los cuatro)
Electra.
¿A qué hora vas a volver?
Egisto.
Tarde, como siempre.
Electra.
Madre, ¿a qué hora vas a
volver?
Clitemnestra.
No te metas en lo que no te
importa. No importa lo que yo haga. Tú tienes que quedarte en casa,
cuidando de tu padre.
Electra.
Podría algún día ayudarte en la peluquería. Necesito que me dé
un poco el aire.
Clitemnestra.
¿No sales con tu padre? ¿No
paseas con él?
Electra.
El ascensor está estropeado.
Clitemnestra.
El viejo huele. Lávalo cuando
nos vayamos. No quiero ver los colgajos de la discordia. ¿En qué
momento yo...?
Egisto.
Olvídalo
nena.
Electra.
(A Agamenón)
¿Lo puedes entender? Esa desgraciada. Dándose el lote en tus
narices. Y el otro. Pues no es chulo el otro. Dos tortas bien dadas.
(Pausa)
Tienes un poco de babita aquí. Ya está. Ahora estás estupendo.
(Pausa)
Yo tampoco la hubiese echado de menos.
Clitemnestra.
¿Qué
dices? Te he oído hija de perra. Te he oído. Eres una niña
malcriada y consentida por esa patata que tienes por padre.
Electra.
Todavía
es tu marido.
Electra
empuja la silla de ruedas hasta el balcón. Es de noche. Ella se apoya en la
barandilla del balcón. Fuma. Agamenón y su silla asoman por el
ventanal.
Electra.
Me tendrás que perdonar. (Mira
a Agamenón)Lo tengo que
hacer. (Le pone un
cigarro en la boca)
Antes te gustaba fumar. Dicen que fumar va bien. Relaja los
esfínteres. (Electra da
una calada al cigarro y besa a su padre, le mete todo el humo del
cigarro) Si me
entiendes haz algo, parpadea. (Pausa)
Lo tengo que hacer, no me gusta utilizarte. Mira el barrio. No es ya
como lo dejaste. (Pausa)
Cuando fuiste a Irak todo parecía como si fuese a mejorar. ¿No? Un
poco de aire en la casa. (Se
sienta en su regazo) Yo
sí te eché de menos. (Le
besa en la mejilla) Me
di cuenta de que no podía vivir sin ti. (Pausa)
Mamá en seguida te reemplazó. Por lo que decían en el periódico,
que os tirabais a las moras. ¿Es verdad eso? (Da
otra calada profunda) A
ver abre la boca. (Se la
abre y echa todo el humo del cigarro dentro de la boca de Agamenón)
¿A las moras muertas
también? ¿No te daba asco? (Pausa)
¿A mi me echaste de menos? (Pausa)
Estás tan lejos. Eras un padre guay. Me gustaba hablar de ti a los
colegas. Ahora ya ni les veo. (Pausa.
Huele a Agamenón)
Gracias.
Cocina/Salón.
Electra friega los platos. Entra Clitemnestra.
Clitemnestra.
Huele a mierda.
Electra.
¿Qué?
Clitemnestra.
Es asqueroso, huele a cloaca.
(Abre las ventanas y el
balcón)
Electra.
Serán las cañerías. Pero yo
no huelo nada. Quizás ese olor misterioso viene de la calle. (Se
asoma al balcón)
¡Orestes!
Clitemnestra.
Dios mío, qué asco voy a
vomitar. ¿No se habrá podrido algo por aquí?
Electra.
Está casa está siempre
limpia. Me encargo yo. (Mirando
hacia la calle, desde el exterior del balcón)
Ahí estás... ¡Mira hacia arriba! Mira... Mírame.
Clitemnestra.
Electra coño, entra.
Electra.
Voy.
Clitemnestra.
Es tu padre. Se ha cagado.
Electra.
No es posible. Ya cagó esta
mañana. Como todos los días, a la misma hora. Por eso le dejamos
atado en el trono, para no tener que limpiarlo después.
Clitemnestra.
¿Y no lleva pañales?
Electra.
¡Quieres que le ponga pañales
al rey de la casa!
Entra
Egisto borracho.
Clitemnestra.
Cariño, el viejo se lo ha
hecho encima.
Egisto.
Pensaba que cagaba por un tubo.
Límpialo. (Se sienta en
el sofá)
Clitemnestra.
(A Electra)
Límpialo.
Electra.
No quiero. Hazlo tú.
Clitemnestra.
(Agarrando a Electra por el
cuello y acercándola a Agamenón)
Es tu padre y le debes una existencia digna. Sois de la misma sangre. Un gran soldado nunca
pierde la dignidad, un gran soldado nunca pierde una batalla. Y menos
contra si mismo. ¿Hueles?
Electra.
No huelo nada.
Clitemnestra.
¿No hueles?
Electra.
Huelo a mi padre.
Clitemnestra.
Malnacida, te vas a enterar.
Egisto.
(A Clitemnestra)
Hazlo tú. Al fin y al cabo, sigue siendo tu marido. (Pausa)
Silencio.
Electra
sale de nuevo al balcón y Egisto se duerme con una cerveza fría en
la mano.
Electra.
Tiene que ser él. ¿Qué hace?
(Pausa)
Fuma. Sí, es él. El único rubio de la casa. ¿No me miras?
Hermano. A ti también te he echado de menos. Mis hombres. (Silba)
No me oye.
Electra
silba de nuevo y Orestes se gira la mira, vuelve la cabeza y sigue
fumando. Electra silba otra vez.
Orestes.
¿Qué quieres?
Electra.
¿Qué haces aquí?
Orestes.
¿Quién eres?
Electra.
Pensé que no volvería a
verte.
Orestes.
Perdona pero no te conozco.
(Inicia la salida)
Electra.
Espera. ¿No me reconoces?
Orestes.
Baja y deja que te mire de
cerca.
Electra.
No puedo salir de aquí. Te
estaba esperando para que me ayudases, Orestes.
Orestes.
¿Cómo sabes mi nombre?
Electra.
Hemos jugado juntos tantas
veces. Yo tampoco me acordaría de ti, si no esperase verte en este
barrio.
Orestes.
¿Esperabas verme tú a mi?
Electra.
(Canta)
Estaba la rana sentada cantando debajo del agua. Cuando la rana se
puso a cantar vino la mosca y la hizo callar.
Orestes.
(Canta con ella)
... Vino la mosca y la hizo callar. (Pausa)
Electra. Tan mayor estás.
Electra.
¿Te acuerdas ahora? ¿Qué
haces en este barrio?
Orestes.
Me dijeron que fue en esta
plaza donde papá tuvo el accidente. ¿Cómo estás?
Electra.
Me tienen encerrada. La bruja
que tienes por madre me obliga a cuidar de nuestro padre.
Orestes.
¿No habla?
Electra.
No. Creo que ni piensa.
Orestes.
¿Se mueve?
Electra.
Solo se mueve con mis manos.
Orestes.
Tendría que haber vuelto
antes.
Electra.
La fresca esa me martiriza
todos los días. Me tiene de chacha todo el día en casa, no me deja
trabajar en la peluquería. Las clientas me echan de menos, preguntan
por mí.
Orestes.
Podrías haberte ido.
Electra.
Ella tiene la custodia de papá.
Para la herencia. No lo puede abandonar.
Orestes.
No he podido volver antes.
Electra.
Y su hombre no respeta la
presencia de nuestro padre. La magrea delante de los dos. Y ella,
ella, ella es tan puta que no le importa. Me gustaría tener la
fuerza en mis manos para estrangularles.
Orestes.
Me duele en el pecho. (Pausa)
Tengo la pistola.
Electra.
Sube.
Electra
entra y va hacia el telefonillo. Abajo, Orestes entra por el portal. Oscuro.
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