IncrustaDos
por Gabriel Fuentes
Dos orificios incrustados en las paredes. Tiemblan.
Riega un líquido espumoso.
Un golpe. Supura. Cinco. Supuran.
Un sonido punzante. No duele.
Supura. Poco. Casi nada.
Una brisa helada adormece el dolor.
Un rugido irrumpe con brusquedad y retumba en los orificios.
Se oscurece la membrana ocular.
Forman una masa.
Chillan en silencio. Chillan y sólo consiguen bal-bu-ce-ar: Odiosodiosodio...
Corren. Noquierover-nopuedover.
Se arrancan las miradas ajenas.
Las mastican a conciencia. Las escupen.
No consiguen digerir tanto odio. Un orificio sí. El otro no.
Sacuden. ¡Odio-s-Odio!
Quiere, pero no lo consigue. Uno sí. Otro no.
La acumulación de miradas ajenas le lleva a una agitación extenuante.
El odio filtrado en las paredes de uno, las ha enrojecido. Las otras son rugosas.
Ya no es capaz de quejarse.
Uno se ha convertido en una esfera carnosa a punto de estallar.
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