MIRARSE EN UN ESPEJO CON LOS OJOS CERRADOS
Jana Pacheco
No escribo como el hombre
Que lee en las entrañas de los pájaros,
Sino como el que a solas reconoce el dolor en el dolor;
El daño, en la inocente negación de la vida.
(Basilio Sánchez)
Hoy he vuelto a quedarme dormida con la libreta en las
manos. El bolígrafo atrapado entre mi hombro y la almohada. He vuelto a
despertarme con la luz encendida, cubriendo los recuerdos que el papel había
recogido. Mi conciencia se durmió antes que mis dedos. No recuerdo los últimos
recuerdos, pero el papel me espeja.
Antes de enfrentarme a la libreta, debatía con un poeta
sobre cómo encontrar las palabras adecuadas para versos distintos: Una palabra es siempre tributaria de otra y,
ambas, hijas de la necesidad, de la carencia, del anhelo. Yo contesto. –Las
palabras son como bueyes que arrastran el carro de la misericordia. Quien
conduce los bueyes posiblemente tenga pies alados, pero la necesidad de
anclarse al suelo, le lleva a compartir la experiencia con un animal de
semejante envergadura-. Hago una pausa y recuerdo las palabras de un
“dramaturgo loco” que dijo: La
imaginación es el arte de recrear recuerdos. Reflexiono sobre el originen
de las imágenes (las mías), sobre la fuente de alimentación de lo que escribo,
y me visualizo en una sala oscura donde las imágenes amontonadas invaden mi
retina. Toda la historia del arte en una sala oscura. Las obras de arte
proyectadas en una pared. Mi banco de imagines en una pared. Mi fuente de
alimentación en una habitación oscura. Pienso en mis recuerdos, que son
probablemente, el fruto del dolor, ese dolor que a veces se convierte en imagen
escrita. Pienso en el dolor como el manantial de los que me preceden, de todos
aquellos a quienes admiro. Entiendo las palabras del dramaturgo. No hace falta
transitar un recuerdo para haberlo vivido. He vivido en tantos cuadros, entre
tantas manos, entre tantas cartas sumergidas en la memoria, que naufrago para
poder sobrevolar tormentas.
Recurro entonces a Gaston Bachelard, quien me hizo bucear
por lagos repletos de afluentes, que desembocan en ríos, que suben la ladera de
una montaña, que descienden en una catarata que aterriza en mi estómago. El
filósofo dijo: En los recuerdos sin fecha
es donde nuestra materia tiene una ligereza innata.
Pausa.
Replico: Los recuerdos transitados por nuestra imaginación
pueden ser grietas profundas donde el riesgo de agrietarse disminuye. Salto
hacia atrás en la memoria de otros. Para colocarse en un espejo con los ojos
cerrados hay que ser muy valiente. Cuando me atrevo las grietas van desde mi
estómago a mis dedos y es entonces cuando la imaginación y la experiencia
confluyen en un mismo punto. Pero la valentía no viene siempre. Los agrietados
nos damos treguas para construir con las grietas de los otros, que como Rilke
nos han dejado estas palabras:
¿No sabía que la
alegría es en realidad un miedo del que no tememos nada? Se recorre un miedo de
una punta a otra, y eso es precisamente la alegría. Un miedo del que se ignora
solamente la inicial. Un miedo en el que se tiene confianza”
Me inclino ante el poeta. El miedo, esa fuerza que me hace
escribir y que me impide a la vez que escriba. Repaso otra vez el pasado. Me
encuentro protegida con la manta que tejió mi abuela, con un cuaderno verde
donde aparecieron mis primeros versos.
Volvamos al presente:
Me imagino tejiendo sus palabras entre mis versos,
replicando sus lecciones en personajes que convierten su sabiduría en
estrategias con las que reparar el conflicto.
Volvamos de nuevo al pasado:
El dolor de las noches en vela compartido. Sus ojos pidiendo
auxilio. Sus manos, la fuente de alimentación de mis noches más inspiradas, el
origen de los versos que atraviesan mi estómago hasta llegar a los dedos.
Recuerdo de nuevo al poeta con quien conversaba antes de la
vigilia. Basilio Sánchez, en su poemario
escribe: Una palabra es siempre
tributaria de otra y, ambas hijas de la necesidad. Replico:
La palabra es siempre la satisfacción ante el esfuerzo, la
valentía, la lucha. Escribimos consciente o inconscientemente, pero siempre
tenemos la opción de controlar el impulso cuando tirita entre las manos.
El poeta contesta de nuevo: Un poema no es nada y, sin embargo, quizás por un momento, alguna vez
consigue redimirnos de nuestra originaria condición de exiliados.
Por fin nos ponemos de
acuerdo. La escritura es un espacio que siempre tendremos que habitar. La
escritura es un espacio que nunca dejará de habitarnos.
ELLAS LO SABEN.
(Chus de la Cruz)
Escribo porque
no puedo hablar, y ellas lo saben.
A
menudo me posee un monstruo mitológico llamado Afasioligus, que es un
híbrido entre el enanito de Blancanieves, Mudito y Harpo de los hermanos Marx.
Utiliza dos armas secretas ,un candil y una bocina , para canalizar su poder.
Ellas saben que cuando me posee esta bestia corrupia padezco un crecimiento
descomunal de los pabellones auditivos y una afasia transitoria, pues en mi
boca, por arte de birlibirloque aparece una venda.
Cuando estoy
bajo los influjos de este bicho de la antigüedad, se apodera de mi el silencio,
la mudez, que según Cirlot ( que era un señor muy listo y muy
simbologílico*)
nos remite a los primeros estadios de la creación. Y en multitud de leyendas es
el peor de los maleficios.
Padezco esta posesión monstruosa como un maleficio de
leyenda, sí. Espero que algo (hombre, mujer, anémona, lo que sea) me
desencante. Pero ya puedo esperar sentada, porque ni Dios viene al rescate,
nadie se atreve con el mostrenco. ¡Cómo han cambiado los tiempos! Ayer leí en
el periódico la esquela del último ser de leyenda, cuya profesión era la de
salvador. Snif.
Sólo ellas,
algunas noches, me vigilan para intentar ayudarme.
En muchos casos, la posesión de Afasioligus, se
asocia con la falta de audición, en mi caso no es así, y ellas lo saben. A mi
me sucede lo contrario. Mi sentido del oído se agudiza y me hace siempre
confiar en la bondad de los desconocidos. Por eso, todas esas personas anónimas
se me acercan , y como enigmas vivientes
se confiesan conmigo. A traición y sin razón aparente, me revelan sus
problemas familiares en el autobús. Me relatan sus enfermedades en un parque o
me susurran sus anhelos en el tren. Huelen mi mutismo y ven como crecen mis
orejas, por ello me hablan sin pudor, como a un confesor sin reclinatorio.
Ellas lo saben,
por eso me espían. Acuden para intentar liberarme del engendro monstruoso que
me posee. En las benditas madrugadas en las que el sueño promete durar más que
la vigilia, un ruido me despierta. Pienso que es la madera del suelo de mi casa
que, con los cambios de temperatura, cruje. Es noche cerrada, son las 4:48. Cae
una nieve negra. Otro ruido y siento miedo, un miedo líquido que se transforma
continuamente con su aliento, con el vaho que producen todas ellas. Sé que
están ahí, acechando como hienas. Desde la habitación veo sus sombras, oigo sus
pasos. Vienen a por mi. Intento escapar. Me levanto sigilosamente. Ellas me
siguen. Desesperada corro por la casa. Ellas me persiguen. Me encierro en el baño,
traspasan la puerta. Intento salir a la calle, me han escondido la llave... Me
atacan.
Son pequeñas,
diminutas y llevan una estrella de tinta en la frente. No descansan hasta que,
capturada, me obligan con sus sogas finas a sentarme frente a él. Frente al
papel. Habla, habla, habla, me dicen. No puedo, ¿no ven que tengo una venda?
¿no huelen el aliento del monstruo? ¿no escuchan el silencio?
-El silencio es
el primer estadio de la creación y tú tienes un candil y una bocina. ¡Habla!-
Me dicen con sus vocecillas.
Yo me resisto,
ellas me torturan. Clavan pequeños alfileres bajo mis uñas, bajo mis pupilas y
bailan, cantan, ríen a mi alrededor.
-¡ Habla! -Me
gritan.
-No puedo.-
Pienso.
-Están todos
bajo tu cama.¡Habla!-Me susurran al oído con un pálpito.
-
¿Están todos bajo mi cama? -Pregunto en
silencio.
-
Sí- me dicen.
-
¿Y qué hacen?
-
Esperarte- contestan ellas al unísono.
Y me conducen
con sus diminutas estrellas hasta los bajos de mi lecho, para que certifique
que están allí. Arrodillada junto a mi cama, en la oscuridad, con el candil en
la mano, levanto el edredón y la luz tenue de la palmatoria me descubre todos
sus rostros. Me miran desde la oscuridad con sus grandes ojos sin apenas
parpadear, amenazando con ocupar mi casa.
Todos mis recuerdos, todas las historias de tantos desconocidos, relatos
ya leídos y los que me quedan por conocer, están allí, bajo el colchón. Toda mi
memoria mutando en personajes variopintos. ¡ Menudo lío tienen armado! Todos
hablándome a la vez...
Mi abuela intenta poner orden. Mi bisabuelo, que se
perdió una mañana en una fosa común, me mira con mis mismos ojos desde el
fondo. Mi hermano desde una celda, con el globo ocular ensangrentado, parece
gritarme. Seis monjas y una trapecista retirada tararean “Alabaré a mi señor”.
Tres toreros asesinaditos me dicen: olé, olé. Un árbol que se inmola llora
desconsolado. Un gato chino mueve su pata constantemente. Dos mujeres que
limpian una lápida cantan “El tatuaje”. Angélica. Unos terroristas. Un jamón
que habla. Vostel. Unos niños que viven en el desierto. Un pequeño
electrodoméstico. Berto y su sombra. Ifigenia... Todos me dicen ¡habla!. Todos
ellos, recuerdos, historias, personajes, me gritan ¡habla!
Y ellas, las que me torturan con alfileres, las únicas
que intentan salvarme, las que siempre me acompañan, las que quieren
descoser mi venda y matar al monstruo, ellas, las ideas, acarician mi mano y me
calzan unas zapatillas hechas de papel. Las ideas hacen sonar una música de
tinta azul y provocan que, como hipnotizados, salgan todos los recuerdos
mutantes de debajo de la cama. Me empujan a danzar ritualmente en el silencio.
Por unos instantes de letras ya no estoy en el primer estadio de la creación.
Mi voz, por fin, es una bocina tras la venda.
En silencio, por fin, hablo.
[1] *Dícese
de toda persona que se convierte en símbolo tras escribir un diccionario de
símbolos.
Reconstruirse
de
Silvana Pérez
Recuerdo
haber escrito siempre, desde pequeña. Como el que pinta, supongo que también
pintaría de pequeño, algunos dejan de pintar y otros siguen pintando toda la
vida. En mi caso, yo he seguido escribiendo. Como tantos empecé escribiendo un
diario. Lo que escribía era sobre amor, sobre chicos que me gustaban y a los
que yo no gustaba. Al escribirlo, sentía que quizás un día podría yo gustarles
a ellos. Escribía pues no era capaz de decir lo que sentía. Escribía también
las cosas que me gustaría que sucediesen. Pienso que si no lo hubiese escrito,
hubiese sucedido, como si aquél diario bloquease mis anhelos y los convirtiese
en ficción permanente. O quizás, al escribirlo de alguna manera mágica, pasa, y
si no pasa, está más cerca de pasar, de convertirse en realidad.
La etapa
del diario se alargó en el tiempo. A veces cambiaba el formato: deseché pronto
el Querido diario, si alguna vez
llegué a utilizarlo. Las cosas no hablan en la realidad, no escuchan: yo no
hablaba con nadie cuando escribía, me lo contaba a mí misma lo que me estaba
sucediendo, hasta que, eventualmente, lo entendía y ya no dolía. Pero seguí
escribiendo sobre mí misma como si yo misma fuese tan importante. Escribía
también muchas cartas que nunca mandé, escribía cosas que tendría que haber
dicho y no supe decir, escribía situaciones reales que me habían sucedido y
cambiaba el desenlace a mi gusto.
En algún
momento empecé a escribir relatos, historias en las que yo era la protagonista.
No quería vivir muchas vidas distintas quería ser exactamente yo y encontrarme
en todas esas situaciones que me imaginaba. No me consideré escritora nunca, ni
siquiera ahora me ubico en esa profesión. Nunca pensé que lo que yo escribía
pudiese interesar con el añadido de que todo lo que escribía era tan personal
que me daba vergüenza. Una vergüenza y miedo terribles, tan grandes que nadie
sabía que escribía. También escribí algún poema: ¡Qué osada!
El paso de
“escribirme” a escribir teatro fue difuso. No sé colocarlo en el tiempo. Yo
pensaba que escribía teatro cuando realmente escribía otra vez sobre mí, personajes
que me gustaría haber sido por un instante.
Un día
empecé a aburrirme de mí y quise cambiar de punto de vista. Quise ver a los
personajes desde otro lugar, sin juzgar, pero jugando mucho con ellos,
manejándolos. Me sigue costando sembrar conflictos y tengo la teoría de que
nunca lo podré hacer, por eso quizás sigo escribiendo. Escribo, ahora, para
construir realidades y manipularlas, para hacer sufrir y disfrutar a los
personajes. Ahora miro por la ventana, antes miraba al espejo.
La razón
por la que sigo escribiendo no es clara, pero no puedo parar. Quizás porque
adoro el momento en el que, durante la escritura, de repente todo parece tener
sentido y las palabras salen a borbotones y parecen no tener fin, equiparable a
coger una ola. Sólo por esos pequeños momentos no dejaré de escribir, por estar
unos instantes on top of the wave.
Con el
tiempo, el objeto sobre el que escribo ha cambiado, yo también he cambiado.
Pero sigo escribiendo para esclarecerme, para poder ver a los personajes construirse,
crecer poco a poco, observar como su personalidad madura y sus acciones y
reacciones cambian. Ahora ya no temo a mostrar lo que escribo pues he aprendido
a tomar distancia de mi trabajo y puedo tolerar la crítica, creo que sé reconocer
la opinión que me sirve para mejorar.
Escribir sigue
siendo mi manera de expresar lo que no sé decir. Y aquí no puedo más que copiar
las palabras de otros. Como dice la canción de Fito & Los Fitipaldis Que si no canto no sé lo que digo. O
José Luis Sampedro: Sólo me aclararé y
reconstruiré como lo hice siempre: escribiendo.