lunes, 11 de noviembre de 2013

Ejercicio "¿Por qué quiero dedicarme a la escritura?"



Escribo... que no es moco de pavo


(Luciano Muriel)



Escribo porque ser escritor mola. Me gusta que la gente se refiera a mí como el escritor o el dramaturgo. Son términos que suenan bien, y con los que quizás pueda llegar a identificarme algún día.


Escribo para ser famoso en mi pueblo y, con suerte, para que me estudien en los colegios en la asignatura de Lengua y Literatura.

Escribo porque quiero estrenar en el Centro Dramático Nacional e ir a eventos glamurosos en los que el público diga “Ese, ese es el que ha escrito esto. Qué maravilla”. En realidad no me interesa el dinero, sino el reconocimiento. Necesito que el resto de los mortales tengan la certeza que puedo hacer algo bien.

Escribo porque en un futuro quiero trabajar desde mi enorme casa con vistas al mar, sin horarios ni madrugones, rodeado de amantes que me adulen y absorbido por una espiral de vivencias sin lógica ni coherencia.

Escribo porque a todo lo anterior sí que puedo permitirme aspirar.

Escribo teatro porque me hace gracia que mis paranoyas sean representadas por unos actores que nada tienen que ver conmigo.

Escribo como el naúfrago escribe mensajes en una botella, con el fin de que un día alguien me lea, se enamore locamente de mí y venga a decirme que llevaba años buscándome. ¿Por qué no?

Escribo, también, para contar todas esas historias que ni me han sucedido ni me van a suceder.

Escribo porque quiero comprender cómo han podido no enamorarse de mí cuando yo sí lo he hecho. Lo cierto es que ni escribiendo llego a entender que alguien me rechace.

Escribo porque la creación literaria es para mí una masturbación exquisita en la que no preciso contaminarme del resto de la humanidad. Durante un corto periodo de tiempo tan sólo existen mis normas. En este caso, me pregunto por qué no escribirá todo el mundo.

Escribo porque es la forma en la que termino lo que empiezo.

Escribo porque la vida me gusta poco. O, al menos, no lo suficiente.

No escribo para evadirme. Nunca.

Escribo para obligarme a reflexionar sobre lo que es verdaderamente importante, aunque pocas veces lo consiga.

Escribo porque no encuentro mi lugar en el mundo.

Escribo para descubrir por qué se ha instalado definitivamente dentro de mí esta eterna melancolía.

Escribo porque sospecho que un día mis textos serán mi única familia.

Escribo para llorar las pocas lágrimas que me trago. Las fundamentales.

Escribo para comprender y asumir esas lágrimas.

Escribo por no saber reventar.

Escribo para escribir. No sé muy bien qué quiere decir esto, pero algún sentido tiene.

Escribo. En presente, eso sí.


Un viaje de ida y vuelta

Sara G. Pereda

Mi viaje empezó el día en el que los ojos de una treintena de niños de siete años, me contemplaron ante la primera lectura en alto de una redacción que no había escrito otra sino yo. Ser consciente de que todos escuchaban aquello que había creado en el púdico encuentro entre el lapicero y el papel, me intimidó. Sin embargo, era yo y sólo yo, la única responsable de permitir que sus miradas traspasaran más allá del escrito que sujetaba entre mis manos. De acomodarles en un lugar, donde sólo existían mis reglas de juego.

Pudiera decirse que fue allí donde comenzó la aventura de mi vida. Lo que para los demás era un cuaderno uniformado con el escudo del colegio y un sinónimo interior de caligrafías cigotas, para mí siempre fue, un pasaje inagotable. Un abono de turbulentas idas a los confines de mi imaginario; el único lugar en el que perderse, no daba miedo.
Pero también un abono de vueltas. Vueltas a la quejosa realidad en la que debía apoyar mis pies, aunque fuera de puntillas. Donde una y mil veces tenía que repetir la inválida letra “e” los primeros minutos de tantos recreos, ya que no se sabía engordar sola.

En aquel comienzo sentí que escribía por la necesidad prima de agradar a los ojos que me escuchaban, y a las mentes a las que regalaba pasajes para que vinieran conmigo. (Bien pronto aprendí, que el solitario viaje de escribir era mejor hacerlo acompañada).

Porque para mí escribir, era la reacción de mi madre ante las primeras líneas con sentido y su consejo constante que aprendí tarde a tomar enserio: “Si solamente leyeras más, hija mía...”
Era la felicitación de Don Antonio; el profesor que rescató las historias que se ahogaban en la marea de mi dispersión infantil, animándome a sacarlas a flote.

Pero después, comprendes que no escribes para hacer felices a los que te rodean. Sino que escribes por ti. Y no se aprende rápido esto, sino a lo largo de un premioso proceso cargado de tiradas largas de textos no leídos, ni reconocidos. Todo un peso de intentos fallidos que deseas abandonar, para correr hacia otro futuro que no te remuerda a ti, ni a los que una vez te animaron.

Y sin embargo, no lo abandonas, te lo quedas. Lo engrosas. Es ponzoña y panacea con la que aprendes a vivir, y a observar. A descubrir el camino soleado entre las sombras que te arroja el mundo. Desnudándote primero, para vestirte después con otras pieles. Ahogándote en el sinsentido, para encontrarle un sentido después, en un viaje de ida y vuelta.

Un viaje de ida y vuelta.

Así, en el tren en el que viajaré toda mi vida, con sus mismos asientos de teclas y tintas, de vez en cuando, (más las menos que las más), alguien encuentra el billete y se sube a tu parada. Te felicita por las frases enlatadas que desechaste ayer, creyendo que no irían a ningún lugar. Las recoge y te las devuelve. Te mejora. Y se baja a la siguiente, sin saber apenas lo agradecido que realmente le estás. Porque nunca lo dices lo suficiente; otros ni siquiera se subirán nunca. Porque nunca les interesarás; y unos pocos mirarán por tu ventana y ojearán curiosos. Pero siempre cuando estés dormido para que no te des cuenta de que no sigues solo.

Y ahora que lo acepto, lo disfruto más. Sin preguntarme el por qué. Ni el para qué, ni el a donde. Escribo y simplemente, me dejo llevar.
Porque mi viaje empezó aquel día, al descubrir al público. Al mío. Porque sin él, jamás hubiera sido capaz; y al día de hoy, aún tengo muchos billetes que regalar.


TETA Y SOPA

por Isabel Vidal


Escribir es elegir no elegir. Como decía Renton en la película Trainspotting, “Yo elegí no elegir la vida: elegí otra cosa.”. Indecisión, falta de personalidad, miedo, envidia, cobardía. Cualquiera de esas excusas me valen para no atreverme a dejar nada fuera. Las elecciones me enervan, me perturban, me entristecen. Elegir es discriminar. ¿Cuál es tu color favorito? ¿Qué comida te gusta más? ¿Tu cantante preferido? Nos otorgamos demasiado poder determinando que el color azul es mejor que el amarillo, que los espaguetis saben mejor que las lentejas y que ninguna música es comparable a la de Elvis. Yo, por pura incapacidad, prefiero desprenderme de esa potestad.

Ya era difícil en los primeros años con los binomios: alto-bajo, fuera-dentro, rubio-moreno, pero la mayor complicación llegó con la multiplicidad —y con la tabla de multiplicar—. Me di cuenta de que ni las decisiones ni las matemáticas eran lo mío. Mi alternativa, la escritura. La escritura por resignación. Por no ser millonaria para ir de un lugar a otro a placer. Pero, sobre todo, por mi condición de mortal. La mortalidad es algo molesto en muchos aspectos, pero sin duda lo más irritante es no tener tiempo de vivir diferentes realidades. Y como todavía no me encuentro en condiciones de controlar la mortalidad, me he abrazado a la actividad de los no-electores.

Escribir para conocer lo que desconozco, para sentir lo que nunca he sentido, para recordar lo que no he vivido y para ser lo que no soy. Escribir para rescatar las decisiones declinadas, para dar casa a las realidades abandonadas. Por ambición y cobardía. Por querer y no poder. Escribir con imágenes y diálogos, con personas, lugares y tiempos. Escribir vida, y vidas que no elegí.


Escribir por rabieta, por capricho de sopa y teta. Para liberar al niño que el tiempo y las prisas se empeñan en enterrar.





SI ME HACES DAÑO TE CONVIERTO EN FICCIÓN

por Paz Palau 

La infancia fue la escucha de libros en casete, las primeras historias de aventuras, los tebeos. El salto a la escritura fue precoz, llegó con el diario inofensivo. De esos con candado. Y sus llaves pequeñitas que cambiaban de lugar constantemente: ingenua sospecha del escritor en ciernes, el ego satisfecho en su clandestinidad. Literatura breve recogida en arriesgadas misivas de instituto, en los márgenes de los libros de texto. Epistolario enfermizo durante los años de la confusión: testimonio de un tiempo obeso de promesas. Después la poesía. Y el relato. Luego todo a la vez. Experimentos y desobediencia. El descaro y la osadía del que todo lo siente y nada entiende.

Escribir era un impulso. La querencia por la belleza del papel, por el sonido de la pluma pervirtiéndolo. Y la lectura: los libros prohibidos y el riesgo.

Todo es distinto en el reino del presente. Escribir sí, pero midiendo, robando, vigilando la posibilidad. Escribir ahora es aceptar el insomnio perpetuo. Es vengarse. Saldar las deudas de la infancia, único terreno de lo posible. Escribir sí, para resucitar a los muertos. O para enterrarlos de una vez.


Escribir también para salvarse. Porque un resquicio asoma intacto siempre ante el dolor, y el vigilante infla el pecho para decirse, entre la perversidad y el desconcierto, que todo es germen para la ficción. Aunque duela. O debería decir, porque duele.


¿POR QUÉ ESCRIBO?

(Lola G. Otero)

En la actualidad escribo para encontrar mi estilo. Es una cuestión práctica, puramente intelectual, quiero encontrar mi identidad a través de la palabra escrita. Fui lectora precoz, la “m” con la “a”, “ma”. Y el cerebro se disparó. A partir de ahí comencé a ser, la escritura vino casi en paralelo, me gustaban las letras, la caligrafía, el trazo sobre el papel, las mayúsculas, llenaba hojas intentando encontrar la B perfecta, era como dibujar. Las letras se ordenaban en palabras, las palabras en frases. Las ideas saltaban del cerebro al papel a través de la mano y el lápiz. Era tan sencillo… tan emocionante…

El mundo podía derrumbarse, daba igual, yo tenía mis cuadernos y mis libros. Aprendí a escapar del tedio y del miedo, podía recrear la realidad y transformarla, hacerla a mi medida. Vivía en una vida virtual mucho más satisfactoria que la otra, por eso me salvé.

Lo sigo haciendo.

Me sigo inventando el mundo. Pero ya no escapo. Construyo. Necesito construir.

Escribo para no borrarme, para no dejar de ser. Para mostrarme, exponerme, ofrecerme, brindarme, atreverme, escribo para ser mejor, para pensar mejor, para crecer. Escribo para compartir, para descubrirme, para vengarme, escribo para deshacerme y para renacer, escribo para averiguar, para que me juzguen; aún creo que lo escrito permanece, aunque sea fugazmente, paradójico, ¿verdad?: permanecer fugazmente. Son recursos que se escapan de la lógica, es un juego que tiene otras normas, un espacio para la libertad. Como hacer el amor. Sigo siendo como el loco que grita en el desierto esperando que el viento desplace su voz  hasta ese oído que espera al otro lado del mundo, como el naufrago que lanza una botella y dentro deja un mensaje que dice: ¡Te anhelo! y ni siquiera lo firma. Escribo para el limbo y lo concibo como un espacio eterno e infinito, plagado de poemas que nadie leyó nunca, que, simplemente aguardan el deseo de un lector para acercarse.

Sí, yo escribo para ser, para saber, y no perderme.


MIRARSE EN UN ESPEJO CON LOS OJOS CERRADOS
Jana Pacheco

No escribo como el hombre
Que lee en las entrañas de los pájaros,
Sino como el que a solas reconoce el dolor en el dolor;
El daño, en la inocente negación de la vida.
(Basilio Sánchez)

Hoy he vuelto a quedarme dormida con la libreta en las manos. El bolígrafo atrapado entre mi hombro y la almohada. He vuelto a despertarme con la luz encendida, cubriendo los recuerdos que el papel había recogido. Mi conciencia se durmió antes que mis dedos. No recuerdo los últimos recuerdos, pero el papel me espeja.
Antes de enfrentarme a la libreta, debatía con un poeta sobre cómo encontrar las palabras adecuadas para versos distintos: Una palabra es siempre tributaria de otra y, ambas, hijas de la necesidad, de la carencia, del anhelo. Yo contesto. –Las palabras son como bueyes que arrastran el carro de la misericordia. Quien conduce los bueyes posiblemente tenga pies alados, pero la necesidad de anclarse al suelo, le lleva a compartir la experiencia con un animal de semejante envergadura-. Hago una pausa y recuerdo las palabras de un “dramaturgo loco” que dijo: La imaginación es el arte de recrear recuerdos. Reflexiono sobre el originen de las imágenes (las mías), sobre la fuente de alimentación de lo que escribo, y me visualizo en una sala oscura donde las imágenes amontonadas invaden mi retina. Toda la historia del arte en una sala oscura. Las obras de arte proyectadas en una pared. Mi banco de imagines en una pared. Mi fuente de alimentación en una habitación oscura. Pienso en mis recuerdos, que son probablemente, el fruto del dolor, ese dolor que a veces se convierte en imagen escrita. Pienso en el dolor como el manantial de los que me preceden, de todos aquellos a quienes admiro. Entiendo las palabras del dramaturgo. No hace falta transitar un recuerdo para haberlo vivido. He vivido en tantos cuadros, entre tantas manos, entre tantas cartas sumergidas en la memoria, que naufrago para poder sobrevolar tormentas.
Recurro entonces a Gaston Bachelard, quien me hizo bucear por lagos repletos de afluentes, que desembocan en ríos, que suben la ladera de una montaña, que descienden en una catarata que aterriza en mi estómago. El filósofo dijo: En los recuerdos sin fecha es donde nuestra materia tiene una ligereza innata.
Pausa.
Replico: Los recuerdos transitados por nuestra imaginación pueden ser grietas profundas donde el riesgo de agrietarse disminuye. Salto hacia atrás en la memoria de otros. Para colocarse en un espejo con los ojos cerrados hay que ser muy valiente. Cuando me atrevo las grietas van desde mi estómago a mis dedos y es entonces cuando la imaginación y la experiencia confluyen en un mismo punto. Pero la valentía no viene siempre. Los agrietados nos damos treguas para construir con las grietas de los otros, que como Rilke nos han dejado estas palabras:
¿No sabía que la alegría es en realidad un miedo del que no tememos nada? Se recorre un miedo de una punta a otra, y eso es precisamente la alegría. Un miedo del que se ignora solamente la inicial. Un miedo en el que se tiene confianza”
Me inclino ante el poeta. El miedo, esa fuerza que me hace escribir y que me impide a la vez que escriba. Repaso otra vez el pasado. Me encuentro protegida con la manta que tejió mi abuela, con un cuaderno verde donde aparecieron mis primeros versos.
 Volvamos al presente:
Me imagino tejiendo sus palabras entre mis versos, replicando sus lecciones en personajes que convierten su sabiduría en estrategias con las que reparar el conflicto.
Volvamos de nuevo al pasado:
El dolor de las noches en vela compartido. Sus ojos pidiendo auxilio. Sus manos, la fuente de alimentación de mis noches más inspiradas, el origen de los versos que atraviesan mi estómago hasta llegar a los dedos.
Recuerdo de nuevo al poeta con quien conversaba antes de la vigilia.  Basilio Sánchez, en su poemario escribe: Una palabra es siempre tributaria de otra y, ambas hijas de la necesidad. Replico:
La palabra es siempre la satisfacción ante el esfuerzo, la valentía, la lucha. Escribimos consciente o inconscientemente, pero siempre tenemos la opción de controlar el impulso cuando tirita entre las manos.
El poeta contesta de nuevo: Un poema no es nada y, sin embargo, quizás por un momento, alguna vez consigue redimirnos de nuestra originaria condición de exiliados.
Por fin nos ponemos de acuerdo. La escritura es un espacio que siempre tendremos que habitar. La escritura es un espacio que nunca dejará de habitarnos.



ELLAS LO SABEN.

(Chus de la Cruz)

Escribo porque no puedo hablar, y ellas lo saben.
 A  menudo me posee un monstruo mitológico llamado Afasioligus, que es un híbrido entre el enanito de Blancanieves, Mudito y Harpo de los hermanos Marx. Utiliza dos armas secretas ,un candil y una bocina , para canalizar su poder. Ellas saben que cuando me posee esta bestia corrupia padezco un crecimiento descomunal de los pabellones auditivos y una afasia transitoria, pues en mi boca, por arte de birlibirloque aparece una venda.
Cuando estoy bajo los influjos de este bicho de la antigüedad, se apodera de mi el silencio, la mudez, que según Cirlot ( que era un señor muy listo y muy simbologílico*[1]) nos remite a los primeros estadios de la creación. Y en multitud de leyendas es el peor de los maleficios.
Padezco esta posesión monstruosa como un maleficio de leyenda, sí. Espero que algo (hombre, mujer, anémona, lo que sea) me desencante. Pero ya puedo esperar sentada, porque ni Dios viene al rescate, nadie se atreve con el mostrenco. ¡Cómo han cambiado los tiempos! Ayer leí en el periódico la esquela del último ser de leyenda, cuya profesión era la de salvador. Snif.
Sólo  ellas, algunas noches, me vigilan para intentar ayudarme.
 En  muchos casos, la posesión de Afasioligus, se asocia con la falta de audición, en mi caso no es así, y ellas lo saben. A mi me sucede lo contrario. Mi sentido del oído se agudiza y me hace siempre confiar en la bondad de los desconocidos. Por eso, todas esas personas anónimas se me acercan , y como enigmas vivientes  se confiesan conmigo. A traición y sin razón aparente, me revelan sus problemas familiares en el autobús. Me relatan sus enfermedades en un parque o me susurran sus anhelos en el tren. Huelen mi mutismo y ven como crecen mis orejas, por ello me hablan sin pudor, como a un confesor sin reclinatorio.
Ellas lo saben, por eso me espían. Acuden para intentar liberarme del engendro monstruoso que me posee. En las benditas madrugadas en las que el sueño promete durar más que la vigilia, un ruido me despierta. Pienso que es la madera del suelo de mi casa que, con los cambios de temperatura, cruje. Es noche cerrada, son las 4:48. Cae una nieve negra. Otro ruido y siento miedo, un miedo líquido que se transforma continuamente con su aliento, con el vaho que producen todas ellas. Sé que están ahí, acechando como hienas. Desde la habitación veo sus sombras, oigo sus pasos. Vienen a por mi. Intento escapar. Me levanto sigilosamente. Ellas me siguen. Desesperada corro por la casa. Ellas me persiguen. Me encierro en el baño, traspasan la puerta. Intento salir a la calle, me han escondido la llave... Me atacan.
Son pequeñas, diminutas y llevan una estrella de tinta en la frente. No descansan hasta que, capturada, me obligan con sus sogas finas a sentarme frente a él. Frente al papel. Habla, habla, habla, me dicen. No puedo, ¿no ven que tengo una venda? ¿no huelen el aliento del monstruo? ¿no escuchan el silencio?
-El silencio es el primer estadio de la creación y tú tienes un candil y una bocina. ¡Habla!- Me dicen con sus vocecillas.
Yo me resisto, ellas me torturan. Clavan pequeños alfileres bajo mis uñas, bajo mis pupilas y bailan, cantan, ríen a mi alrededor.
-¡ Habla! -Me gritan.
-No puedo.- Pienso.
-Están todos bajo tu cama.¡Habla!-Me susurran al oído con un pálpito.
-  ¿Están todos bajo mi cama? -Pregunto en silencio.
-  Sí- me dicen.
-  ¿Y qué hacen?
-  Esperarte- contestan ellas al unísono.
Y me conducen con sus diminutas estrellas hasta los bajos de mi lecho, para que certifique que están allí. Arrodillada junto a mi cama, en la oscuridad, con el candil en la mano, levanto el edredón y la luz tenue de la palmatoria me descubre todos sus rostros. Me miran desde la oscuridad con sus grandes ojos sin apenas parpadear, amenazando con ocupar mi casa.  Todos mis recuerdos, todas las historias de tantos desconocidos, relatos ya leídos y los que me quedan por conocer, están allí, bajo el colchón. Toda mi memoria mutando en personajes variopintos. ¡ Menudo lío tienen armado! Todos hablándome a la vez...
Mi abuela intenta poner orden. Mi bisabuelo, que se perdió una mañana en una fosa común, me mira con mis mismos ojos desde el fondo. Mi hermano desde una celda, con el globo ocular ensangrentado, parece gritarme. Seis monjas y una trapecista retirada tararean “Alabaré a mi señor”. Tres toreros asesinaditos me dicen: olé, olé. Un árbol que se inmola llora desconsolado. Un gato chino mueve su pata constantemente. Dos mujeres que limpian una lápida cantan “El tatuaje”. Angélica. Unos terroristas. Un jamón que habla. Vostel. Unos niños que viven en el desierto. Un pequeño electrodoméstico. Berto y su sombra. Ifigenia... Todos me dicen ¡habla!. Todos ellos, recuerdos, historias, personajes, me gritan ¡habla!
Y ellas, las que me torturan con alfileres, las únicas que intentan salvarme, las que siempre me acompañan, las que quieren descoser mi venda y matar al monstruo, ellas, las ideas, acarician mi mano y me calzan unas zapatillas hechas de papel. Las ideas hacen sonar una música de tinta azul y provocan que, como hipnotizados, salgan todos los recuerdos mutantes de debajo de la cama. Me empujan a danzar ritualmente en el silencio. Por unos instantes de letras ya no estoy en el primer estadio de la creación. Mi voz, por fin, es una bocina tras la venda.
 En silencio, por fin, hablo.



[1]          *Dícese de toda persona que se convierte en símbolo tras escribir un diccionario de símbolos.


Reconstruirse

de
Silvana Pérez

Recuerdo haber escrito siempre, desde pequeña. Como el que pinta, supongo que también pintaría de pequeño, algunos dejan de pintar y otros siguen pintando toda la vida. En mi caso, yo he seguido escribiendo. Como tantos empecé escribiendo un diario. Lo que escribía era sobre amor, sobre chicos que me gustaban y a los que yo no gustaba. Al escribirlo, sentía que quizás un día podría yo gustarles a ellos. Escribía pues no era capaz de decir lo que sentía. Escribía también las cosas que me gustaría que sucediesen. Pienso que si no lo hubiese escrito, hubiese sucedido, como si aquél diario bloquease mis anhelos y los convirtiese en ficción permanente. O quizás, al escribirlo de alguna manera mágica, pasa, y si no pasa, está más cerca de pasar, de convertirse en realidad.
La etapa del diario se alargó en el tiempo. A veces cambiaba el formato: deseché pronto el Querido diario, si alguna vez llegué a utilizarlo. Las cosas no hablan en la realidad, no escuchan: yo no hablaba con nadie cuando escribía, me lo contaba a mí misma lo que me estaba sucediendo, hasta que, eventualmente, lo entendía y ya no dolía. Pero seguí escribiendo sobre mí misma como si yo misma fuese tan importante. Escribía también muchas cartas que nunca mandé, escribía cosas que tendría que haber dicho y no supe decir, escribía situaciones reales que me habían sucedido y cambiaba el desenlace a mi gusto.
En algún momento empecé a escribir relatos, historias en las que yo era la protagonista. No quería vivir muchas vidas distintas quería ser exactamente yo y encontrarme en todas esas situaciones que me imaginaba. No me consideré escritora nunca, ni siquiera ahora me ubico en esa profesión. Nunca pensé que lo que yo escribía pudiese interesar con el añadido de que todo lo que escribía era tan personal que me daba vergüenza. Una vergüenza y miedo terribles, tan grandes que nadie sabía que escribía. También escribí algún poema: ¡Qué osada!
El paso de “escribirme” a escribir teatro fue difuso. No sé colocarlo en el tiempo. Yo pensaba que escribía teatro cuando realmente escribía otra vez sobre mí, personajes que me gustaría haber sido por un instante.
Un día empecé a aburrirme de mí y quise cambiar de punto de vista. Quise ver a los personajes desde otro lugar, sin juzgar, pero jugando mucho con ellos, manejándolos. Me sigue costando sembrar conflictos y tengo la teoría de que nunca lo podré hacer, por eso quizás sigo escribiendo. Escribo, ahora, para construir realidades y manipularlas, para hacer sufrir y disfrutar a los personajes. Ahora miro por la ventana, antes miraba al espejo.
La razón por la que sigo escribiendo no es clara, pero no puedo parar. Quizás porque adoro el momento en el que, durante la escritura, de repente todo parece tener sentido y las palabras salen a borbotones y parecen no tener fin, equiparable a coger una ola. Sólo por esos pequeños momentos no dejaré de escribir, por estar unos instantes on top of the wave.
Con el tiempo, el objeto sobre el que escribo ha cambiado, yo también he cambiado. Pero sigo escribiendo para esclarecerme, para poder ver a los personajes construirse, crecer poco a poco, observar como su personalidad madura y sus acciones y reacciones cambian. Ahora ya no temo a mostrar lo que escribo pues he aprendido a tomar distancia de mi trabajo y puedo tolerar la crítica, creo que sé reconocer la opinión que me sirve para mejorar.
Escribir sigue siendo mi manera de expresar lo que no sé decir. Y aquí no puedo más que copiar las palabras de otros. Como dice la canción de Fito & Los Fitipaldis Que si no canto no sé lo que digo. O José Luis Sampedro: Sólo me aclararé y reconstruiré como lo hice siempre: escribiendo.

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